Nudos Rojos

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Índice

  1. PRIMER ACTO El padre 
  2. SEGUNDO ACTO 19 Millones
  3. TERCER ACTO  Ser o no Ser
  4. CUARTO ACTO 23 años y 4.682 millas después
  5. ACTO FINAL Claudia

 

 

PRIMER ACTO

El Padre

No podría estar más feliz, aquel último beso le había robado definitivamente el corazón.

Acababa de dejarla en su casa y ya la echaba de menos. Estaba decidido, mañana sería el día.

Todo había sido muy rápido, quizás era demasiado joven, pero no había vuelta atrás y la prueba era el pequeño estuche de color carmesí de su bolsillo, que contenía el aro rematado con aquel diamante que cambiaría su vida. Marc estaba absorto en sus pensamientos, detenido frente al semáforo de la calle Pau Claris. La luz roja se reflejaba en sus sonrientes mejillas cuando algo crujió. No pudo reaccionar, ni siquiera gritar, aquel hombre había entrado dentro de su coche sin pedir permiso.

-¿Qué hace?- acertó a balbucear Marc. No hubo respuesta alguna.

El hombre estaba dentro de su coche sin haber sido invitado, era algo mayor, bastante descuidado de aspecto y parecía cansado, pero lo peor era el hedor que desprendía su maltrecho abrigo de lana.

-Verde- dijo el hombre

– Sólo hasta el final del paseo- añadió con la voz rota.

¿Qué significado tenía aquello? si lo llevaba al final del paseo ¿se bajaría? Marc oía su corazón rebotar contra su pecho como si quisiera salir de él. La luz verde se reflejaba en aquel misterioso hombre y lo podía observar mejor, llevaba una chaqueta azul de lana y tenía la mano derecha dentro del bolsillo ¿Qué hacer?

-¡verde!- grito de repente el acompañante.

Marc arranco el vehículo en dirección al paseo, pensaba en llegar al final lo antes posible y que aquel maloliente acompañante saliera de su coche y de su vida.

A pesar de que el paseo de Gracia no tenía más de dos kilómetros, a Marc le estaba pareciendo eterno, mientras intentaba pasar los semáforos al límite, respiraba aquel hedor que le recordaba algo ya lejano, de su época en la facultad, aquel individuo olía a muerte.

El final del paseo parecía llegar y a pesar de ser una noche fría de octubre, Marc sudaba por todos y cada uno de sus poros. Quedaban ya pocos metros para el final.

-Al puerto, al puerto- susurro el hombre de la chaqueta de lana azul.

-Cómo qué al puerto, yo ya le he llevado al final del paseo- replico Marc con rabia contenida.

El hombre giro entonces la cara hacia Marc, era una imagen grotesca, le faltaba algún diente, debía hacer varios días que no se afeitaba y tenía la nariz deformada hacia la derecha, como si se le hubiera roto de forma violenta.

-¡Al puerto! ¡He dicho al puerto!- grito el hombre mientras agitaba la mano que tenía dentro de su bolsillo derecho.

Marc miro aquel bolsillo, no distinguía bien que podía tener en su interior, solo se dibujaba un bulto, ¿Sería una pistola? ¿una navaja? No lo podía distinguir.

Aquella pesadilla no había acabado, ahora se dirigían al puerto ¿Y luego qué? Marc escuchaba historias todos los días sobre robos y asesinatos en aquella ciudad. No podía dejar que le atracará, llevaba el anillo para Claudia. Claudia, hacia solo media hora estaba junto a ella en el paraíso, besando sus mejillas rosadas, todo era perfecto, pero no se atrevió ¿Quieres ser mi alma gemela? ¿Quieres casarte conmigo? Lo había ensayado toda la tarde y al final le falto valor. Pero aquello ahora no importaba, el olor a muerte le devolvió al momento actual.

Su coche cruzaba las calles de la ciudad al doble de la velocidad permitida, Marc pensaba a la misma velocidad en cómo salir de la situación, cuando un vaivén en el asfalto hizo que su acompañante se tuviera que coger al tablero y así no golpearse con el. ¡Eso era! Ahí estaba la solución. Marc miro a su acompañante de reojo y confirmo lo que esperaba, al subir no se había puesto el cinturón.

Todo podía encajar, con la velocidad adecuada y un impacto preciso, el hombre saldría despedido por el parabrisas, mientras que él quedaría sujeto al asiento. El puerto ya quedaba cerca, tenía que hacerlo ya, pensó en Claudia, miro a su derecha con una sonrisa en los labios y acelero hacia su liberación.

Gris, verde y otra vez gris, Marc habría los ojos mientras oía una voz a lo lejos que le decía que estuviera tranquilo, pasaron unos segundos y el gris se volvió verde y con el verde apareció un joven, Marc le miro a los ojos, estaba asustado, ahora lo podía ver mejor, le pareció muy joven para llevar galones.

-No se preocupe, aguante y no se duerma- le decía el guardia civil mientras giraba la cabeza como para pedir ayuda.

Marc intento preguntar, pero en vez de aire notaba que de su boca salía líquido, un líquido dulce y templado. Entonces bajo la mirada, la vida se le escapaba entre los dedos de aquel joven que apretaba sobre su pecho.

El verde se fue volviendo gris y a lo lejos escucho al joven. -No pregunte, tranquilo, su padre está ileso-

Y el gris se volvió negro.

SEGUNDO ACTO

⌈ 19 Millones 

Peter estaba esperando en la puerta, aquella mañana había recibido una llamada del gran jefe –Controla a tu amigo- le había dicho en un tono amenazador –Ya sabes lo que se juega el bufete y tú mismo-. ¡Controlar a George! Como si eso fuera posible. Peter le consiguió el empleo, eran amigos desde la universidad, los mejores de la promoción.

Mientras recordaba el pasado vió como George se acercaba –¡Por fin! Pensaba que no llegabas­.

-Esa era mi intención, esto no puede estar pasando- respondió George.

Ambos entraron en el edificio y se dirigieron al ascensor en silenció, -¿qué piso es?- preguntó George con aire despistado.

 –El 18, arriba del todo.  A los grandes jefes les gustan las alturas, es como si nos quisieran ver al resto como a diminutas hormigas.

George miró a Peter a los ojos -¿Quién estará?-

-Todos, el consejo al completo, no te preocupes, tú solo tienes que exponer los hechos, responder alguna pregunta de manera objetiva y se acabo-

George agachó la cabeza – no sé si podré.

-Piensa en tus hijos- respondió Peter mientras le cogía por el brazo.

-¡Eso hago! Eso hago, eso hago- la voz de George se fue apagando a medida que el ascensor perdía velocidad indicando que llegaban a su destino.

 

Mientras tanto, a 12.000 kilómetros de aquel ascensor, otro padre miraba al suelo de baldosas de mármol rojizo del frío edificio donde esperaba. Hasta ayer había sido un hombre feliz, pero el destino le tenía preparada la peor de las torturas.

-No puede ser, están en un error- No acertó a decir más, mientras el policía le miraba con una mezcla de seguridad  y tristeza en sus ojos.

“Perder un hijo es lo peor que te puede pasar en la vida”, se había dicho muchas veces a sí mismo, “los hijos deben enterrar a sus padres, ese es el orden natural de las cosas”.

Martí Pol había perdido a su único hijo de la forma más extraña, en un accidente de tráfico absurdo y acompañado de un desconocido, y no entendía por qué.

-Fue en una recta, iba a demasiada velocidad y…- aquellas fueron las palabras del policía.

Pero nada encajaba, una recta, un desconocido, un golpe demasiado pequeño como para que el coche no pudiera proteger a su hijo, nada encajaba.

Un hombre con traje oscuro sacó a Martí Pol de sus pensamientos –Sr. Está todo a punto ¿está usted preparado?

Martí lo miro de costado y no respondió.

En Detroit, el ascensor se había detenido hacia unos segundos, pero ni George ni Peter se habían movido.

-¿Estás preparado?

George no respondió.

Entraron en la sala con la ayuda de una azafata, las puertas se abrieron y apareció ante ellos una habitación estrecha con una mesa rectangular de color cerezo, en ella habían sentadas unas 20 personas colocadas en los extremos y en la cabecera estaba un hombre de edad avanzada, el presidente y propietario de la compañía.

La azafata indicó a George y a Peter donde sentarse mientras la sala permanecía en un incomodo silenció. Su asiento estaba en la otra cabecera de la mesa separada por dos metros del primer consejero. A George le pareció la escena de un interrogatorio.

 Se cerraron las puertas y tras otros pocos segundos se rompió el silencio:

 -Buenos días señores- se pudo oír al fondo de la sala -Mi nombre no importa, sólo deben saber que todo lo que se diga en esta sala es secreto. Yo les haré las preguntas y ustedes me responderán.

Se hizo otro incómodo silencio.

-¿Lo han entendido?- dijo el sin nombre.

– Sí por supuesto- respondió Peter.

-Bien, empecemos- la figura se inclinó hacia delante para revisar unos documentos mientras todos permanecían en silenció.

– Según nuestros informes, sabemos que ingeniería dice que existe un fallo en el producto y que este fallo afecta a las unidades de con destino a Europa ¿Correcto señores?-

-Sí, es correcto- una vez más fue Peter quien respondió.

– Confirmamos entonces que esas unidades, pueden producir daños en pecho y abdomen, además dicen no poder determinar la serie afectada- El sin nombre, hizo una pausa y miró a los presentes en la sala.

George aprovechó la pausa para hablar –Es correcto, lo han revisado todo y no pueden determinar la serie, eso significa que se tendrían que retirar todas las unidades de los últimos dos años.

-¡Sabemos lo que significa!- respondió en un tono gélido el sin nombre -Su trabajo consiste en valorar económicamente la retirada del producto o los costes derivados de las posibles demandas por accidentes. Por favor hágannos un resumen preciso- pidió el sin nombre y se quedó mirando directamente a George.

Como jefe del departamento de riesgos, era en él en quién había recaído el estudio. Después de pasar dos noches sin dormir y con el único alimento de unas pizzas, refrescos y café, había cuadrado los números.

George se levanto y empezó a hablar –Muy buenos días, mi nombre es George Orwel y cómo ya deben saber dirijo el departamento de riesgos-

El sin nombre se removió en su sillón, George se percató de que aquel tipo quería ir al grano, seguramente aquella mañana se había perdido su partida de golf.

-Bien, eh, según los datos de ingeniería- continuó George. – Tenemos un error que puede afectar a un 4% de las unidades, si a esto le añadimos, que el error se produce en impactos frontales, el riesgo se reduce al 0,5%.

El sin nombre intervino –Esa información ya la tenemos, céntrese en los costes.

George apretó los dientes –Bien, la retirada del producto se estima en unos 150 millones de dólares.

Un pequeño murmullo se propagó por la sala.

-Continúe- dijo el sin nombre.

-Los costes derivados de indemnizaciones por lesiones y decesos, en caso de no retirar el producto, se estiman en unos 19 millones- George no pudo acabar, el murmullo se propago de nuevo, pero esta vez era diferente, tenía un fondo de júbilo.

-¡Perdonen! ¡Perdonen!- grito George a los jubilosos consejeros – El problema es que hablamos de la posibilidad de que se pierdan vidas humanas.

-Perdone Señor.- interrumpió el tipo sin nombre -ustedes están aquí para dar datos objetivos, nada más.

George fue a decir algo pero la presión de la mano de Peter en su pierna le hizo ver que no era buena idea.

Bastaron cinco míseros minutos para que tomaran una decisión. Los argumentos se centraron en las posibles pérdidas si se hacía público el problema y en cómo las acciones podrían caer en picado.

Algún consejero trató de justificar la decisión alegando el peligro que corrían los puestos de trabajo de la compañía, para George fue como estar en un nuevo nivel del infierno de Dante.

-Señores, no votaremos, se hará por asentimiento de todo el consejo- asentó el sin nombre.

Ni de eso eran capaces, pensó George. Se protegen para no ser ninguno responsable directo de la decisión. Pero no era verdad, todos eran cómplices de una decisión que ponía vidas  en juego. Además, 150 millones de dólares era una cantidad menor a la repartida en dividendos el año anterior, ¿algún rico accionista se moriría por estar un año sin recibir beneficios? Tenía que intervenir.

Con un gesto propio de Judini se liberó de las manos de Peter y se puso en pie.

-¡Creo que se equivocan! Dijo con el tono de quien se ha cargado de valor para poder hablar.

El sin nombre salto de la silla, pero la mano alzada del presidente lo devolvió a su asiento.

-Sus palabras son dignas y persiguen el mismo interés que nosotros, proteger- El presidente hizo una pausa que nadie se atrevió a interrumpir.

-Nosotros velamos por nuestros empleados, accionistas y proveedores- el silencio se hizo de nuevo. – George, ¿verdad? Mire no se ofenda, pero usted es abogado y los abogados defienden a violadores y asesinos, alguien tiene que hacerlo, cierto, pero no me parece que quienes optan por un oficio tan ¿cómo definirlo? falto de ética, ahora nos quieran aleccionar-.

-La decisión está tomada y no se preocupe, seguramente no tendremos ningún caso- sentenció con una sonrisa conciliadora.

Peter salió corriendo detrás de George – ¡George! ¡George! Espera, espera por Dios.

Finalmente se detuvo- Peter ha estado mal, pudimos modificar las cifras o no presentarnos, alegar estar enfermos.

-Eso no hubiera servido de nada, sabes que hubieran enviado a otros, créeme has hecho lo correcto, tú no eres el culpable.

-Cierto, solo soy cómplice.

Ambos compartieron taxi hasta la central. Allí se miraron sin decir nada y cada uno se dirigió a su despacho.

Al llegar se encontró una nota sobre  su mesa, la nota era del despacho de Barcelona.

 

 

Martí Pol estaba solo, todo el mundo se había ido, Marta, su mujer le había pedido que le acompañara, pero él quería estar con su hijo un rato más. Quería intentar memorizar cada detalle en su mente, no soportaba la idea de levantarse un día y haber olvidado su cara. Recordó cuando le pidió consejo sobre cómo pedir matrimonio a una mujer, él le explico la única experiencia que tenia.

– ¿Cómo se lo pediste papá?

– Fue en verano, yo estaba seguro de que sería ella pero no lo tenía preparado, sin embargo  el mar de fondo, el castillo que coronaba la peña y el ambiente de amor que se respiraba aquella noche, hicieron que me lanzara-.

– ¿Y qué pasó?

– Que se lo pedí sin anillo, me dijo que sí y tuve que comprar uno de plástico en el mercadillo nocturno para formalizarlo, eso sí, era de su color preferido.-

– Tú, hijo, hazlo mejor. Ten esto es para ti.

-No papá, no puedo aceptarlo.

-Es tu momento, compra el anillo que le gusta y lánzate, la vida no es vida sin amor.

Recordaba aquella conversación mientras los ojos se le inundaban.

 

 

La nota que George tenía encima de la mesa, era del despacho de Barcelona, nunca había hablado con aquella oficina, cogió el teléfono y marco.

-Buenas tardes, llamo de la central, soy George Orwel ¿con quién hablo?

-Hola Sr. Orwel, soy Jordi Dalmau, le he llamado referente a su circular- respondió una voz joven con acento.

George apoyó el teléfono en la mesa. Él había enviado una nota donde pedía información, sobre todos los accidentes con víctimas que afectaran a la última serie.

-Oiga, oiga- se escuchó por el auricular.

-Perdone sigo aquí, dígame

-Ayer hubo un accidente y el conductor, un chico de 23 años sufrió heridas en el pecho: Marc Pol,  se llamaba

-¿Cómo está el chico?- pregunto como quién no ha oído la última frase.

-El chico… está muerto Señor.

-Gracias Jordi, ya le llamaremos.

George colgó el teléfono, despacio, mientras miraba la foto de familia de su escritorio.

Cerró los ojos e hizo algo que creía haber olvidado, lloró, lloró y lloró.

 

 

TERCER ACTO

⌈ Ser o no Ser

Sergio Escobar no lo había asimilado todavía, había llegado al final del camino que  le habían marcado con lentejas para que no se perdiera. Desde pequeño se le educó en la creencia de que debía continuar la tradición familiar.

-Hijo mío, somos descendientes del Coronel Antonio Escobar, llevamos lo mejor de la Benemérita en nuestras venas-.

De hecho era un orgullo que al abuelo se le hubiese fusilado en Montjuic por defender la legalidad de 1936, pero nadie se acordaba de aquello, salvo cuatro historiadores y algún novelista.

Sea como fuere, si el abuelo no hubiera jurado lealtad al President Companys, Catalunya hubiera caído en menos de un mes. Que extraña es la historia,  en cuanto que le pasan unos años por encima, se convierte en un queso gruyere que cada bando rellena a su antojo.

Todo en la vida de Sergio Escobar estaba programado; con tan solo 25 años ya era teniente y habían sido destinado como enlace de la Interpol en Barcelona,  aunque siguió las lentejas con cierta ilusión, él realmente nunca quiso ser guardia.

-Padre, tengo dos hermanos más en la academia, la continuidad del apellido en el cuerpo está asegurada.

-Tus hermanos serán  buenos oficiales, pero tú, tú estás destinado a lo más alto.

Discutir con su padre era como confesar en la iglesia, tú dices cosas que al otro le parecen mal, pero enseguida te perdona y te hace ver lo mejor de ti.

Sergio no quería molestar a su padre, pero en su interior sabía que él en realidad quería ser actor, si su padre se enterara  necesitaría al instante un desfibrilador.

Muy pocos sabían que ensayaba en secreto en la vieja nave de la academia, y en está solo el director sabía quién era realmente Sergio Escobar.

-Director, no podré quedarme todo el ensayo, tengo que asistir a una recepción en el consulado de Argentina.

-Entiendo Sergio, nos las arreglaremos sin ti, pero hijo, no dejes nunca el teatro, lo llevas en la sangre.

-Es curioso ver que un profesor de arte dramático usa los mismos argumentos que mi padre, les presentaría, si no fuera por qué va armado- Le dijo Sergio con una sonrisa.

-Déjalo, no me hace ninguna ilusión conocer a tu padre, ya conozco a demasiada gente que no aprecia mi oficio, aunque ellos lo practiquen cada día en el suyo y con fines para nada lúdicos- El director de la obra, era un profesor polémico que había sido perseguido por sus ideas antes del 76. Él siempre decía lo mismo: -La vida es teatro, todo el mundo lo practica, la diferencia con nosotros es que nosotros lo avisamos y que con un poco de suerte podemos cobrar por el.

Aquella tarde el ensayo había sido especial para Sergio, había conocido a alguien, no sabía su nombre, pero le había sonreído durante todo el ensayo, si tuviera que describir un sentimiento de aquel momento, hubiera dicho que fue un flechazo.

Antes de acudir al ensayo, había recibido una nota de comandancia:

Teniente Escobar,

Mediante el presente documento se le hace saber que su nuevo destino es la embajada de Argel. Deberá incorporarse a la misma antes del día 24 del presente mes.

A su llegada se le informará de sus funciones en la misma.

-Argel, David me envían a ¡Argel!

-Amigo mío, nos conocemos desde la academia. Tu eres el listo, yo el de las multas, si te envían allí será por algo importante-

-¿Pero qué voy a hacer allí? Además está ella.

-Pero que dices, si solo la has visto una vez, no me lo digas, ¿90 60 90?

-No animal, no es eso, me miro de una manera especial que me hizo temblar.

-Sergio, es una vieja nave, y la academia gasta menos en calefacción que yo en libros de poesía.

-No sé qué hago explicándote mi vida a ti, un tipo que se pasa 4 horas al día en el gimnasio, solo se puede querer a sí mismo.

-No te enfades cariño, ¿quieres un besito?

-Idiota- dijo Sergio con una sonrisa en la cara a su mejor amigo.

Después de recibir la noticia de su traslado, los dos amigos decidieron que debían tomar una copa para celebrar algo, el flechazo de Sergio.

-¡Por tu Helena!

– No sé cómo se llama- replicó Sergio con cierto tono de tristeza.

-Helena es un nombre de princesa troyana. No me mires así ¿ de qué crees que son estos bíceps tan muscúlados? de aguantar volúmenes en mis largas lecturas-

Las carcajadas de los dos amigos se oyeron en todo el pub.

-David, no puedo más, sabes que no bebo y además tengo que ir al consulado.

-Uf, los tipos importantes sois unos plastas, pero si sólo son las ocho- Respondió David mientras le ofrecía otra jarra.

-Joder, joder ¿las ocho? Me quedan 45 minutos para ir al apartamento ponerme el uniforme y llegar al consulado.

-Chico, ¡corre!

Sergio salió del pub irlandés a toda velocidad. Por suerte su apartamento quedaba a tan solo una isla de casas. Ducha rápida y uniforme de gala, ningún problema. El era militar y en eso batían récords Guinness. Pero el trayecto hasta el consulado de Argentina, era otra cosa. El consulado estaba en el Paseo de Gracia, en pleno centro, y el vivía al sur de la ciudad.

Cuando se subió al coche trazo mentalmente la ruta, desgraciadamente las copas con David no le estaban ayudando en la tarea. Tras treinta segundos de análisis arrancó a toda velocidad.

-Es absurdo, corro hacia un destino que no deseo- se decía a sí mismo.

-Tengo que decírselo a mi padre, después conocer a Helena o cómo se llame y empezar una nueva vida en Barcelona-.

Sin quererlo la mezcla de rabia, velocidad y valentía le nubló unos segundos la vista, lo suficiente como para saltarse el semáforo en rojo y obligar al conductor del vehículo que cruzaba a desviarse y estrellarse contra el pequeño muro del paseo.

-¿Está bien? ¿Señor. Se encuentra usted bien?-

-Eh, sí, sí, el chico, el conductor está todavía dentro.

Viendo que el hombre que había salido despedido se encontraba bien Sergio se acercó al coche que estaba empotrado contra el pequeño muro.

Con la cabeza en el interior del mismo, vio a un hombre algo más joven que él, parecía respirar con dificultad y sangraba por el pecho.

Le puso las manos en la herida apretó firme como le habían enseñado en la academia e intentó tranquilizar al joven que en vano luchaba por comunicarse con él -No pregunte, tranquilo, su padre esta ileso.

-¡Llamé a una ambulancia! Gritó al que parecía ser el padre del chico. -¡Señor. Por favor llame a una ambulancia!

El acompañante, que se había acercado también detrás de Sergio, un hombre mayor saco su mano de la chaqueta azul de lana que llevaba y extrajo una vieja foto de una niña y alguna moneda suelta.

No hizo falta que llamara a nadie, una patrulla de la policía municipal que pasaba por allí se detuvo al ver el vehículo estrellado.

-Teniente, teniente, está muerto, ha hecho usted lo que ha podido, ya llega la ambulancia, ellos se ocuparan- La voz del guardia urbano no parecía llegar a los oídos de Sergio que seguía con las manos en el pecho del joven accidentado.

Después de que las ambulancias se llevaran al fallecido y a su acompañante, los guardias se dirigieron de nuevo hacia Sergio.

-Es una suerte que usted pasara por aquí, lástima que la herida fuera tan grave- Con poca habilidad el guardia trataba de animar al joven teniente con su uniforme de gala lleno de sangre.

-Ya lo tenemos todo, hemos hecho el informe, si lo desea le podemos llevar-

-No, gracias.

Entró en su vehículo sin mirar atrás, nadie le preguntó, un testigo estaba muerto y el otro no parecía haber visto nada, pero él sabia la verdad.

-Iré a Argel, seré lo que debo ser, no merezco ser feliz, he matado a un hombre, no merezco ser feliz, no lo merezco.

 

 

CUARTO ACTO

⌈ 23 años y 4.682 millas después 

Estimada Paula, sé que no tengo derecho a pedirte nada, pues nada te he dado en estos años…

Josep había escrito hacía dos meses estas líneas mientras repasaba mentalmente su vida, con 25 años dejo embarazada a Paula, la chica que la familia tenía en casa como asistenta. No había sido un abuso de él como creían unos, ni tampoco un intento de ella por conseguir una posición social en una familia burguesa de Barcelona, como pensaban otros, había sido amor, solo amor, pero que sabían entonces del amor, uno se casaba con quien acordaban sus padres y por motivos prácticos.  Así la situación, se le obligó a partir a Norteamérica, al estado de Florida, junto a su tío Bernat.

En aquella época todo el mundo tenía un tío en América y él además lo tenia de verdad.

Sabes que nunca te he olvidado y tus cartas me dicen entre líneas que tú todavía sientes algo hacia mí …

La carta no era más que la continuación a las cientos que había enviado en los últimos 23 años, Paula siempre respondía con unas breves y amables líneas, además añadía de vez en cuando una foto de su hija. A pesar de estar lejos y de la prohibición de la familia, Josep había enviado puntualmente un cheque a Paula junto a las cartas, unas cartas que al principio eran cartas de pasión, más tarde de amor y desde hacía ya muchos años de respeto y cariño.

Paula, partiré mañana del puerto de Jacsonville hacia las Palmas y luego pondré rumbo a Barcelona. Calculo que tardaré sobre un mes en llegar si el tiempo me lo permite y mi velero resiste bien la travesía…

Después de muchos años viviendo en la ciudad de Jacsonville con su tío y de haber triunfado en el sector de la hostelería, Josep Casals quería volver a pisar su Barcelona natal y conocer a su única hija. A pesar de haber tenido múltiples oportunidades, Josep decidió no casarse y dedicó el tiempo a su gran pasión, la navegación a vela.

Las cartas también se dirigían a su hija, pero Josep nunca estuvo seguro de que ella estuviera al corriente de su existencia y Paula jamás hacía referencia alguna sobre el tema. Pero de la carta hacia ya 60 días. Después de haber llegado a la Palmas sin demasiados problemas, no pudo continuar debido a una avería por el combustible de la isla, pero eso quedaba atrás, Barcelona estaba a tres millas, había llegado.

Tantos días de navegación le habían hecho pensar mucho en cómo sería el encuentro con Paula y su hija, un fuerte abrazo y un os quiero, así sería.

A su llegada al puerto quedó impresionado por lo que veía. No se parecía al que dejo atrás hacía ya más de  dos décadas; no solo por las instalaciones, si no por la actividad que se respiraba, poco quedaba ya de los barcos de pesca. Aquella sin duda era la Barcelona industrial a la que Paula se refería en sus cartas.

Atracado y con los pies en tierra, se dirigió hacia el paseo con aire decidido, como si no quisiera que se le notaran los años de ausencia, pero todo fue en  vano cuando grito “taxi” con un acento mezcla del inglés, español y catalán.

El 131 Supermirafiori se acercaba a  Josep, mientras este miraba  los colores negro y amarillo del taxi y se trasladaba a su infancia, cuando su padre le explicaba las historias de la ciudad Condal, y entre ellas la de la unificación de tarifas de los taxis de Barcelona a la franja amarilla y como esta había sido adoptada como símbolo de los nuevos coches.

– ¿A dónde?- Le dijo el taxista como saludo.

– Buenos días, a Paseo de Gracia – respondió Josep con un acento entre exótico y señorial.

El taxi se paseaba por una ciudad diferente, sólo las farolas de las grandes avenidas y algún que otro monumento se parecían a la Barcelona de sus recuerdos, el resto eran construcciones modernas. Aquella ya no era su ciudad.

De repente el taxi frenó en seco y la mente de Josep también; si la ciudad estaba irreconocible, cómo estaría Paula, aunque eso no era lo importante, lo verdaderamente importante era ¿cómo Paula lo vería a él? Con un movimiento de cabeza se respondió así mismo; ¡no! todo aquello era sólo fachada y el estaba allí por algo que traspasaba más allá de la piel, algo por lo que los hombres, matan, conquistan y mueren; el amor.

El taxista paró a la altura que le indicó y tras cobrar el trayecto y una propina, se despidió de Josep de manera gentil, convencido de  que su elegante pasajero era un empresario extranjero con idiomas y no un catalán de sexta generación.

Josep se dirijó a la dirección que ponía en el remite del sobre con paso decidido, luchando para que sus piernas le obedecieran ante el pánico que afloraba en su mente, por la proximidad del momento, del reencuentro de su único amor.

Con la boca seca, el corazón desbocado y un sudor frío que empezaba a brotar por su  frente, llegó hasta la puerta de la casa de Paula, levantó el dedo y sin pensarlo llamó.

 No hubo respuesta, el timbre parecía haber recibido la señal y emitido el sonido, pero sólo el silencio acudía a saludarlo. De repente se abrió  una puerta lateral de la casa. Josep dió un paso hacia atrás y miró a la que seguramente sería la asistenta de Paula, esta se le acercó con una sonrisa en los labios.

– Buenos días Señor. La Señorita. no está en casa.

– Buenos días ¿Y la señora?

La mujer lo miró de arriba abajo con una especie de curiosidad, sorpresa y pena al mismo tiempo. Para Josep no paso desapercibido el gesto. Aquella joven con acento del sur de España, parecía no entender la pregunta y no fiarse de él.

– Perdone, no me he presentado, soy Josep Casals Bartomeu, amigo de la familia.

La expresión de la joven se torno entonces todo tristeza, Josep alzo los ojos y se irguió preparándose para lo que aquella cara anunciaba que tendría que venir.

La muchacha con la mirada clavada en el suelo empezó a hablar. -La señora murió  la semana pasada, la enterramos el Domingo después de una preciosa misa en la catedral.-La voz se le iba rompiendo a medida que continuaba hablado.

 – Pocos los sabían, ella no  quería dar pena, no quiso explicar su enfermedad, era tan buena con todos, tan buena, que ni en eso quiso incomodar- La asistenta liberó sus ojos de la presión contenida y estos empezaron a inundar su cara de lagrimas.

Josep buscó un pañuelo en su bolsillo y se lo acercó a la mujer lentamente. Después retrocedió unos pasos mientras intentaba inflar sus pulmones de un aire que no pasaba del nudo en el que se había convertido su  garganta.

– ¿Dónde se encuentra ella ahora?

El nuevo taxi se detuvo al pie de la montaña, desde allí se podía ver a un lado el mar de un azul profundo y al otro lado,  otro mar de tumbas salpicadas por los colores de las flores que las adornaban.

– Hola Paula, ya estoy aquí, nunca  imaginé que llegaría tarde-. La noche empezó a caer sobre Josep y Paula, que pasarían cinco horas juntos antes de que Josep sin una lágrima más en su cuerpo, abandonara el cementerio para volver a su yate.

En el centro de la ciudad, Claudia volvía a casa después del ensayo.  Como siempre saludo al entrar, todavía se sorprendía al no obtener respuesta. Se acercó a la pequeña  mesita del comedor  y cogió  la foto que la presidía.

– Ya ves mamá, todavía te saludo, creo que no dejaré de hacerlo nunca .

Claudia se sentó en el sofá que tantas tardes de invierno compartiera con su madre.

Mientras en el puerto Josep Casals miraba otra foto, era la primera foto de Claudia que Paula le envío. La miraba mientras iba vaciando una botella de Four Roses, con cada sorbo una mirada, una sonrisa y una lágrima.  En la foto la pequeña Claudia sonreía vestida de azul, el color preferido de su madre. Josep recordó entonces la chaqueta de lana azul que Paula le regaló el día de su despedida.

Se levantó con dificultad, el whisky hacía rato que había tomado el control de su cuerpo, como pudo se acerco a un  arcón y de el sacó una vieja chaqueta de lana azul; se la puso y salió del yate en busca de más medicina contra el dolor.

Poco después se encontró en un bar de pescadores, uno de los pocos que quedaban en la zona, allí se mezclaba el olor a tabaco con el de pescado y el alcohol. Hombres fornidos discutían de la vida a gritos como si de una convención de sordos se tratara.

Josep ajeno a ellos se había sentado en un taburete y bebía el whisky sin marca que le habían servido. Pensó en sacar la foto de Claudia, pero aquel no era lugar para una señorita.

Estaba en esos pensamientos cuando un hombre que pasaba junto a él se le abalanzó encima, e hizo que volcara su vaso sobre el pescador que tenía a su lado.

– ¡Eh tú, imbécil! – le increpó el pescador mientras se sacudía de encima el whisky barato que Josep acababa de compartir con él. -Tendrás que pagar por esto.–

– Yo no tengo la culpa Señor. lo lamento, pero no soy responsable. –  Respondió Josep.

Su acento despertó en los acompañantes del pescador un sentimiento de unión contra el extranjero y todos se giraron hacia él.

– Ha sido un accidente, lo lamento de nuevo Señor. yo ya me voy – dijo Josep mientras intentaba levantarse y abandonar el lugar con algo de dignidad.

– ¡Tu no vas a ninguna parte! – le gritó un segundo hombre que se le había cruzado en el camino hacia la puerta. – Primero pagaras una copa a mi amigo y otra a todos por las molestias -, – Venga viejo, vacía los bolsillos o te los vacío yo.

Josep retrocedió hasta topar con la espalda con otro hombre que le cerraba el paso. No le quedaba más dinero encima, sólo la foto de Claudia y ninguno de aquellos canallas pondría jamás las manos sobre ella.

Tras empujar al hombre que tenía delante todo se volvió gris, sentía como le llovían golpes por todos lados mientras luchaba por proteger su bolsillo. De repente notó como si le clavaran un puñal en el cerebro, y  sin poder evitarlo se llevo las manos a la nariz para contener el dolor y la sangre.

En ese momento uno de los hombres cogió la foto – Es la foto de una niña – , -Maldito pervertido – le gritó mientras le escupía.

El camarero y  propietario del local que no había tenido tiempo de reaccionar, se acercó al grupo de jóvenes con una maza en la mano – ¡Todos fuera malditos!-

Josep desde el suelo balbuceaba una súplica constante – La foto, por favor, la foto de mi hija.

El camarero se acercó al hombre que tenia la foto, se la arrebató y se la dio a Josep – Vamos yanqui, levántese y vallasé a casa.

Josep caminó bajo la lluvia que empezaba a caer.  Con la nariz partida y un diente roto llegó a su yate. En el, cogió algo de dinero y el viejo revolver que su tío le regalo el día que cumplió 16 años, pero tras ponerlo en su bolsillo, cabeceó un par de veces y lo dejó de nuevo en su sitio.

Poco después volvía a estar en un taxi, le había costado que alguno parara; su aspecto era lamentable, con la nariz rota, oliendo a perro muerto y alcohol, sólo pudo acceder a uno después de enseñar la cara de la poeta  Rosalía de Castro  en un billete de 500 pesetas, un billete azul.

Al poco rato Josep se encontró de nuevo frente a la casa de Paula y Claudia. Había pasado ya una hora y el alcohol remitía en la mente de Josep, no podía entrar con ese aspecto, pero tampoco quería irse de allí. En esos pensamientos estaba cuando la puerta de la casa se abrió y de ella salió una pareja al portal. Era Claudia y un chico alto y apuesto, los dos se miraban, Josep clavó sus viejos ojos en el chico y vio la misma mirada que él tenía hacia veintitrés  años cuando miraba a Paula. La pareja se despidió con un beso que a Josep le pareció breve y el joven empezó a caminar deprisa calle abajo.

Josep le siguió a distancia sin saber muy bien por qué, entonces se detuvo arrepentido y giró en dirección contraria.

Al final de la calle se paro delante del semáforo, este se puso verde justo cuando un  coche modelo americano se detenía, Josep miro en el interior y reconoció al joven del portal, sin saber todavía porqué, cruzo la calle y entró en el coche.

-¿Qué hace?-  le gritó el joven conductor.

– Verde – fue todo lo que se le ocurrió por respuesta a Josep, parecía que el alcohol iba y venía de su mente dejando un  rastro de niebla.

– Sólo hasta el final del paseo- dijo Josep, necesitaba ganar tiempo para pensar.

El vehículo arrancó y la mente de Josep se puso en marcha. Con la mano en el bolsillo, acariciando a su Claudia, pensaba en cómo empezar.

-Al puerto, al puerto- Dijo Josep en voz alta, en el puerto le podría enseñar las cartas, las fotos, asearse y pedirle ayuda y consejo.

El joven dijo algo que Josep no oyó muy bien, pero que le pareció una duda. -¡Al puerto! ¡He dicho al puerto!-

Josep sonreía y acariciaba la foto. Su mente iba a mil por hora, aquel joven le ayudaría a conocer a Claudia y todo sería maravilloso, bueno casi todo, Paula ya no estaría con ellos.

De repente un golpe contra el tablero le devolvió al presente, miró al joven, sudaba y tenia los brazos tensos, el coche iba demasiado rápido, el próximo semáforo estaba rojo y el joven no reducía la velocidad, entonces se giró hacia él y le sonrío con una mirada entre locura y desesperación, Josep en un acto de lucidez se dio cuenta de lo que iba a pasar y gritó.

 – No voy a hacerte … – Para cuando quiso continuar la frase su cuerpo estaba tumbado en el frío suelo sobre un charco de agua.

Mientras intentaba sentarse se le acercó un joven militar. Le decía algo que oía como muy lejano, el alcohol había vuelto ¿o era el golpe?  -Eh, sí, sí, el chico, el conductor está todavía dentro-

Josep se levantó y siguió al militar que a toda velocidad había entrado en el coche.

El militar se giró entonces y empezó a gritarle, Josep no podía entender lo que decía, su cabeza daba vueltas.

De repente notó que alguien le cogía por el hombro

 – ¿Está usted bien? – un policía salido de la nada le hablaba mientras su compañero desde el coche patrulla llamaba por la radio.

Poco después el policía intentaba arrancar al militar del coche tirando de los hombros de este. Al no poder miró a su compañero, este le hizo un gesto que Josep entendió como una pregunta, el policía volvió a mirar hacia el interior del coche, se giró de nuevo negando con la cabeza.

El policía se giró de nuevo, pero esta vez hacia Josep – ¿Era su hijo?-

– ¿Era? –respondió Josep

El policía cerró los ojos maldiciendo en silencio su torpeza.

– No, no lo era, había sido tan amable de ofrecerse a llevarme a casa.

– Su documentación, por favor.

– Si agente.

El policía examinaba el pasaporte y el visado de Josep contrariado.

En ese momento su compañero acompañaba al militar que con la cabeza baja miraba a Josep como quien pide clemencia. Josep no supo entender la mirada, el militar había hecho todo lo posible, los galones de aquel joven debían ser bien merecidos.

– Le llevaremos al puerto, a su yate, según indica el visado.

– Muchas gracias agente – respondió Josep con voz de adolescente arrepentido.

El coche patrulla llegó en pocos minutos al puerto. Tras ordenar cortésmente a Josep que no volviera a salir y que descansara, reiniciaron su guardia en la Ciudad Condal.

El sol empezaba a salir, Josep abrió los ojos, apenas había podido dormir. Se levantó y se miró al espejo; lo que vio era irreconocible ¿Quién era aquel tipo? ¿Dónde estaba el hombre ilusionado de hacía tan solo 24 horas?

– Paula, lo siento, he llegado tarde y he destrozado la vida de nuestra hija- Josep hablaba solo al tiempo que  soltaba las amarras del yate.

Mientras salía del puerto vio una barcaza de pesca que debía regresar después de una dura mañana. En ella viajaba Miquel.

– ¿Qué miras Miquel? – le dijo un compañero al verlo absorto.

– Es el hombre de ayer, es un marino como nosotros – le respondió Miquel.

– Como nosotros, exactamente, diría que no – le sonrió el compañero.

Miquel miró hacia el viejo que guiaba el velero hacia mar abierto. Pensó que no era un buen día para partir; en el mar se empezaban a ver borreguitos, pequeñas olas que recibían ese nombre por la espuma blanca que producían y que eran el presagio de mala mar.

Al pasar al lado del velero Miquel miro a Josep y le grito en silencio -“Perdón marinero, lo siento, el maldito alcohol me secuestra por las noches y dejo de ser Miquel el bueno, el de antes, el que reía siempre y veneraba a los mayores”- -“Buen viaje marinero”-.

Josep miró al pescador sin reconocer su cara e inclino la cabeza como señal de saludo a otro marino, a lo que recibió el mismo gesto acompañado de una mirada de extraño respeto.

La mente de Josep intentaba decirle algo, pero él estaba concentrado en su decisión – ¡Paula no voy a destrozar más vidas nunca!-  grito al cielo – Navegaré por el mar infinito hasta encontrarte y sí aún me quieres permaneceré a tu lado hasta el fin de los tiempos-

Josep sujeto el timón con una cuerda rumbo al mar abierto, busco en su bolsillo y saco un revólver –  Nunca más volveré a ser un cobarde, nunca más volveré a hacer daño a nadie –

Miquel estaba repasando las cajas de sardinas y caballa cuando por alguna extraña razón se quedo mirando al mar, a lo lejos se veía el velero del viejo que ya rompía hacia alta mar, de repente se oyó un golpe seco.

Miquel miro hacia el velero con los ojos apretados.

-¿Miquel ya?- le grito un compañero desde el otro extremo de la barcaza.

– Sí, se acabo.

 

 

ACTO FINAL

 

 Claudia

La noche ya había caído sobre Barcelona, Claudia abrió la puerta y saludó como siempre lo hacía, dejó las llaves en el bufete del comedor, cogió la foto que había en él y se desplomo en el sofá.

-Hola mama, sigo saludándote cuando entro, creo que no dejare de hacerlo nunca- Los ojos se le empezaron a humedecer al tiempo que su nariz se tapaba – Acabo de despedirme de Marco, nunca acabé de explicarte que me pasaba, pero sé que tu lo sabías y yo ahora también-

Claudia encogió las piernas mientras dejaba caer sus zapatos de tacón y estiró de la manta que tenía en el borde del sofá.

-Es un buen chico pero no me hace sentir mariposas en la barriga- Claudia acarició la cara de su madre por encima del frío cristal. – Me acuerdo de lo que me explicabas de mi padre y de cómo te hacía sentir mariposas con solo mirarte-. Claudia seguía hablado en voz alta mientras contemplaba la foto. – Sé que no está bien, que no puedo continuar dando esperanzas a Marco, además mama, he conocido a un chico, bueno todavía no formalmente, sé que se llama Sergio, ensaya en el grupo de teatro, me han dicho que es policía y no para de mirarme- Claudia se estiro en el sofá mirando al techo apretando la foto contra su pecho- ¿Y sabes qué? Cuando me mira me hace sentir mariposas-.

Después de cenar subió al balcón con vistas a la gran plaza de España y su continuación hacia la montaña, decorada con preciosos edificios recuerdo de la gran exposición universal de 1929.

Claudia se acompaño de su vieja manta y una copa de vino mientras disfrutaba de la vista y repasaba el correo que Rocío, como siempre le había dejado ordenado y sujeto con una goma. Estaba revisando las que sin duda eran cartas de amigas de su madre y que no paraban de llegar para presentarle sus condolencias y darle palabras de ánimo, cuando una nota escrita a mano por Rocío, cayó de entre las cartas.

-“Querida Claudia, sé que quedamos en vernos mañana y despedirnos, pero no me veo con fuerzas”- Claudia dejo caer el resto de las cartas en la mesita de la terraza y cogió la nota con las  dos manos –“me conozco y me derrumbaría, tu madre y tu habéis sido lo mejor que me ha pasado en estos años desde que llegue a Barcelona con lo puesto, tu madre me recogió y luego me ofreció quedarme para ayudarle debido a su enfermedad”- Claudia cogió la copa de vino y bebió hasta que el vidrio quedo seco de la sangre de Baco. –“Te quiero como a una amiga y no dejare nunca de escribirte. En el pueblo está mi futuro, con lo ahorrado empezaré de nuevo gracias a vosotras. Te quiere y querrá siempre tu amiga Rocío.

XXX

PD: Ha venido un Sr. Muy elegante preguntando por tu madre, no recuerdo su nombre, pero dijo que pasaría de nuevo mañana.

Roció había sido mucho más que una amiga, desde que llego a su casa se había comportado con su madre como si fuera su propia hija y Claudia la quería como a una hermana. Si bien le dolía que no se hubiera despedido, entendía lo que le decía Rocío, además era consciente del gran esfuerzo que le debió suponer escribir aquellas líneas, puesto que era ella quién le había enseñado a leer y escribir. Su madre quiso que aprendiera para ser más libre, recuerda que le decía -“Rocío, este es un mundo de hombres y para hombres, las mujeres somos como pequeñas barcas zarandeadas por la estela que dejan ellos, si además dependemos de ellos para todo, estamos pérdidas, aprende a leer, matemáticas y como ganarte un salario por ti misma y serás más libre en este mar de hombres”- Rocío entonces la miraba con admiración y asentía repetidas veces.

Claudia volvió a leer la nota de Rocío, quién sería aquel Sr. del que hablaba Rocío.

De repente varias sirenas se oyeron pasando a gran velocidad en dirección a Paseo de Gracia, en ese momento y  sin saber muy bien porqué, a Claudia le recorrió una sensación de frío por la espalda, eran quizás demasiadas emociones en tan pocos días.

La luna pasó por encima de la ciudad Condal observándolo todo, viendo a Claudia intentar dormir, a un joven guardia civil de gala llorar acurrucado en un rincón de su piso, a unos policías conducir en silencio a casa de un padre para darle la peor noticia que se le podía dar, a un navegante de aspecto dolorido  jugar torpemente con un revólver y un millón de historias más de aquella ciudad, hasta que el sol le empezó a cegar los ojos.

Un taxi paro delante de la casa de Claudia, de aquel coche negro con franjas amarillas bajo un hombre sin pulso vestido completamente de negro, arrastrando los pies se acerco hasta la puerta y pulso el timbre, espero unos minutos pacientemente como quien ya nada tiene que hacer.

Marti Pol alzo la vista y reviso las ventanas de la casa, no se veía movimiento, volvió a llamar con una pulsación más larga, pero tampoco hubo respuesta. Marti sacó una pluma de su chaqueta, una de sus tarjetas de visita  y escribió: Claudia, ven a vernos enseguida, se trata de Marc.

El taxista que permanecía a la espera observando la escena, pensó que aquella noche había sido muy extraña, aquel tipo maloliente que le dejo una de sus mejores propinas, aquel raro accidente con el que se había cruzado y ahora un tipo de negro que no hablaba y que dejaba caer  lagrimas mientras observaba el umbral de aquella casa.

Marti se secó las lagrimas con disimulo, no quería que aquel desconocido taxista lo viera así, aunque qué más daba, el mundo entero le daba igual después de aquella noche, acarició el pomo de la puerta pensando que solo unas horas antes su hijo estaba allí, vivo con el corazón latiendo con fuerza por su novia. El dolor no paraba de crecer, había perdido a un hijo y con él perdería a la que ya consideraba su hija, una muchacha encantadora con una madre de prestigio internacional por sus escritos a favor de la igualdad de la  mujer y de la  libertad.

Marti subió de nuevo al coche, el taxista se giro hacia su pasajero esperando respuesta, este sin mirarle le indico: Al tanatorio Sancho de Ávila por favor. El taxi inició la marcha mientras el conductor tragaba saliva, sin duda no había sido una noche normal en aquella ciudad.

Claudia no había podido dormir en toda la noche, aprovecho para aclarar  sus ideas y ordenarlas de tal forma que le dieran un camino a seguir en los próximos días, primero debía hablar con Marc y decirle la verdad sobre sus sentimientos, se lo merecía, llevaban juntos mucho tiempo y él siempre se había portado bien con ella, Marc era el hombre ideal para todas sus amigas, atento, cariñoso, gracioso, pero faltaban las mariposas, si Marc lo primero. Después estaba conocer a Sergio, ella era la hija de una de las grandes escritoras del siglo, además de una activista por la igualdad de la mujer, estaba segura de que su madre  le hubiera dicho: -“Claudia, no pidas permiso para abrir tu corazón, eres tan libre como él para dar el primer paso”- Sergio lo segundo, después quedaba su padre, debía estar al llegar, su madre le había dejado leer todas sus cartas, su padre no se parecía a ningún hombre que ella conociera, era mucho más abierto e inteligente, además de haber querido a su madre y a ella durante tanto años, sin olvidarse nunca de su cumpleaños y de ayudarles desde la distancia.

Por eso aquella mañana se había levantado temprano, para ir al puerto y ver llegar los veleros, era Domingo y podía estar allí unas horas mirando al mar, mientras leía un libro y esperaba que ese fuera el día en el que llegaría su padre.

No tenía ninguna foto reciente de él, pero estaba seguro de que lo reconocería. Su madre le había explicado muchas veces la leyenda del cordón rojo, un cordón invisible que unía a las personas y sus destinos. También decía, aunque no estaba segura de que fuera parte de la misma leyenda, que los cordones se cruzan  y entrelazan creando nudos entre dos o más cordones, y donde pasan cosas que marcan los destinos, los llamaba nudos rojos.

En ese momento un velero salió del puerto, en el timón había un hombre con una chaqueta azul, no podría  distinguir su cara hasta que llegará a la altura donde se encontraba, pero no importaba, ella esperaba un velero que entraba y no uno que se hacía a la mar, sin embargo algo le obligaba a mirar aquel velero. Cuando por fin estuvo a su altura, el hombre se giro dándole la espalda para saludar a unos pescadores que volvían del mar y  no pudo verle la cara.

En fin, no importaba y no entendía por qué le llamaba tanto la atención aquel velero.

Claudia abrió su bolso y saco el libro que una amiga de su madre le había hecho llegar desde Chile, la escritora era una tal Allende que se había hecho famosa con otro libro sobre una casa, de repente se oyó un golpe seco, Claudia levanto la mirada y vio como un pescador que estaba descargando en el puerto miraba hacia el  mar con el cuerpo inclinado hacia delante, miro en la misma dirección y se encontró con el misterioso velero, entonces se dio cuenta de que llevaba la bandera de los Estados Unidos. El pescador hablaba con su compañero y el velero seguía rumbo al mar, eso debía ser lo que sin saberlo le había llamado la atención, aquel velero venia de América como su padre.

Claudia abrió el libro y leyó el título:

De Amor y de Sombra .

Historias  entrelazadas de amor y dignidad

 

Fin.

 

 

Si te gusto nudos Rojos, no dejes de leer CZ Dan

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