Tierra de frontera

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Indice

Capitulo 1. Ya vienen

Capitulo 2. Hambre o muerte 

Ya vienen

 

Ermita de San Miguel, Òdena provincia de Barcelona. Verano del 2015

 

-Un poco más, un poco más, sigue, sigue, hunde más la pala. ¡Para! ¡Para!

-¿Qué pasa?  ¿hay un conducto? Desde la excavadora no veo nada.

-No, diría que son huesos, huesos humanos.

 

Òdena ,condado de Barcelona, invierno del 1020.

 

Agnés  salía de misa detrás de sus padres, iba acompañada de sus fornidos hermanos. Atrás quedaban las miradas  de Gerald, las que tanto le hacían temblar cuando iba a la ermita.

Mientras Gerald hacia lo propio con su familia, pero  en dirección opuesta a su amada Agnés, no porqué sus casas estuvieran lejos la una de la otra, si no porque sus familias no se podían ver desde hacia dos generaciones. Un asunto de lindes tan lejano, que ya nadie recordaba con precisión lo ocurrido.

Pero las tradiciones pesaban más que el sentido común y para desgracia de los dos jóvenes, el amor poco importaba. Podía ser una buena cosa para las dos casas, los matrimonios ampliarían la herencia y el poder de las familias, pero el rencor lo impedía, de hecho a nadie se le ocurría ni insinuarlo y por eso los dos amantes solo lo eran en misa, y solo Dios era testigo de sus miradas. Aunque últimamente eran algo más osadas y la hermana de Gerald, Candia, ya empezaba a sospechar algo. No era normal que Gerald saliera de misa siempre con una sonrisa.

Pero Candia no pensaba comentar  a nadie su secreto, allá ellos si querían sufrir en silenció,  ella ya tenia bastante con esconder su  afición por las armas y por montar como un hombre, aficiones en las que Gerald le ayudaba a entrenarse cuando su padre no estaba en el pueblo.

Si su padre  lo supiera, les castigaría a los dos, una dama no podía blandir una espada, ni montar a caballo como un  hombre. Para Francisco Valldeix, su hija solo tenia un destino, ser la mujer de Ramón Guillem I de Òdena, señor del castillo y de las tierras hasta Montoboi por el sur, Claramonte por el este, Iorba y Espelt por el oeste*. Todos aliados al servicio del Conde de Barcelona y unidos por el cristianismo, frente al  poder musulmán que empezaba en el rio Gaia.

Para aquellos odenenes, los días pasaban entre el duro trabajo de la tierra y el sonido metálico del golpear de las espadas  de los soldados que se entrenaban en el castillo. Todo transcurría en una calma tensa y siempre pendientes de la torre. En ella dos guardias vigilaban las señales de los castillos de Montboi, Claramonte, Iorba y en los días claros hasta podían ver el de los Tovos*.

-Eh tú, coge tu escudo, el cabo contador está mirando hacia aquí.

-Que pesado ¿no tiene nada mejor qué hacer que tocarnos las narices?- Contestó un joven soldado al veterano que  le advertía.

– ¿Sabes porqué nos hacen llevar el escudo desde el verano pasado?

– Para que nos duelan los brazos y no podamos usar los arcos si vienen los infieles- contesto el recién ascendido escudero.

-¡No bastardo! Lo hacen porque en la última incursión mataron al vigía desde ochenta varas de distancia con una flecha en el pecho.

– Pero eso no lo sabes. solo son rumores del condado de Ribagorza – Respondió el soldado gruñón.

-Además aún falta para cuaresma, y nunca han atacado antes de que llegue el buen tiempo- Continuó gruñendo.

– Mira bastardo, si el cabo contador me hace limpiar cuadras por tu culpa, te tiro por una de las letrinas voladas.

Mientras en la torre se discutía, Guillem I de Òdena recibía las ultimas nuevas con un amigo de Tovos, un joven caballero llamado  Jaume Bou, un invitado habitual del que Guillem I gustaba como compañía.

La malas lenguas decían que quizás pecaban, pero su relación no tenia nada que ver con lo carnal, sino que se remontaba a unos años atrás, cuando ambos lucharon por echar a los musulmanes más allá  del rio Gaia.

-Mi señor.

-Bienvenido Jaume – contestó Guillem I con una sonrisa cómplice.

-Vino para un amigo- Pidió el señor del castillo.

Una sirvienta dejó dos copas una jarra y un plato de pasas en la mesa del salón.

-¿Qué nuevas me traes? Dijo Guillem I mientras le servían una copa de vino.

– Unos mercaderes, de los que comercian con la taifa de Larida**, nos han dicho que se están moviendo soldados hacia estas tierras y he creído que vos y los otros señores debían saberlo para prepararse.

Guillem I de Òdena se levanto de la silla y miro el mapa del territorio que había sobre la mesa del salón.

-¿Dónde están ahora ? Dijo mientras señalaba el mapa a Jaume.

– Aquí mi señor, son unos doscientos a pie y algunos jinetes, sino fuerzan la marcha llegaran en unas  seis jornadas.

– ¿Mujeres? ¿niños?

– No, solo soldados.

-Es una incursión, vienen a robar. Dijo Guillem I mientras miraba el mapa.

-Eso pensamos nosotros, pero no vamos ha hacer nada ¿y vos?

-Perder hombres es peor que perder posesiones, pronto llegará la primavera y tendremos que plantar las tierras, además nuestros campesinos luchan mal. Nos protegeremos en el castillo- Dijo Guillem I mientras ponía la mano en el hombro de su amigo.

-Lo entiendo mi señor, pero si no hacemos nada, esos infieles se van a pensar que pueden tomar lo que quieran, cuando quieran.

Al oír esas palabras, Guillem I bajo su mano del hombro de su amigo y miro a su alrededor.

-¡Salid todos!

Las damas, caballeros y sirvientes presentes en salón, salieron mirando al suelo.

– ¿Os he ofendido? Si es así, os pido disculpas mi señor.

– No buen amigo, pero no me fio de todos lo oídos, últimamente han habido asaltos de los infieles demasiado precisos, como para no tener información previa.

– Entiendo mi señor ¿Entonces vamos a hacer algo?

– Esto soló acabará cuando los francos se den cuentan de cuan peligroso es dejarnos toda la defensa de la cristiandad en esta marca, pero me temo que para eso habrá de pasar tiempo todavía. De momento estamos nosotros y Dios.

Los dos hombre se quedaron en el salón hablando sobre qué hacer y que no, además de imaginar qué pensaban hacer los otros señores.

Mientras Gerald Valldeix, ajeno a lo que se acercaba, entrenaba en el bosque sur con un caballero tapado por una capa con capucha. Era un caballero menudo, pero rápido con la espada. Aunque todavía no era un contrincante serio para Gerald.

-Vigila tu flanco izquierdo, recuerda que no tienes escudo- Dijo Gerald a su menudo oponente.

Este al escuchar esas palabras alzo la espada al estilo franco y la bajo de golpe en busca del cuerpo de Gerald.

Gerald entonces retrocedió medio paso y en un movimiento rápido se hizo a un lado. El peso de la espada arrastro al caballero hasta sobrepasar a Gerald, que con su espada plana golpeo la espalda de su oponente.

-¡Ah! Sabes que odio que me hagas eso- dijo una voz aguda bajo la capucha.

-Hermanita, temple, ese es tu punto débil, la rabia te nubla la vista en la lucha.

Candia Valldeix se bajo la capucha y miro a su hermano con rabia.

-No puedo moverme, esta cosa moderna pesa mucho ¿Cómo has dicho qué se llama?

-Cota y sabes que no lucharé contigo sino vas protegida. Le respondió su hermano con tono jocoso.

-¿Sabes qué creo? Que me pones esta cosa para que no te gane.

Gerald no pudo contener la risa.

-Me has pillado hermanita.

Un ruido de cascos empezó a resonar en el bosque, Gerald de manera instintiva subió su  espada hasta tenerla frente a él.

Un caballo entró entonces al galope en la explanada hasta llegar a la altura de Gerald, allí el jinete tiro de las riendas, frenado al animal en seco.

-Gerald Valldeix, tu señor te requiere en el castillo- Dijo el jinete como saludo.

-¿Qué ocurre?

-Dicen que ya vienen

*Montboi, Claramonte, Iorba,Tovos Actualmente Montbui La Pobla de Claramunt, Jorba y Tous

** Larida Actual Lérida

 

Hambre o muerte 

Rio Gaia, invierno del 1020

 

Muhammad estaba de pie junto al río Gaia, acababa de recitar el primer rezo del alba, a unos pasos de él tenia un soldado vigilante. Aquel río era la frontera entre el mundo musulmán y el cristiano. No era prudente relajarse.

Muhammad era miembro de una gran familia, los  Banû, su tío tenia influencias en el reino de Córdoba  y por eso a él se le había asignado aquella incursión.

El objetivo siempre era el mismo, recordar a los cristianos el poder de Ala y ayudar a llenar los almacenes de la taifa. ¿Pero qué gloria había en esa misión? llevaban años así y Muhammad sabía que ninguno de ellos pasaría a la historia por esas incursiones.

-Mi caballo- Dijo Muhammad al soldado que lo custodiaba.

El soldado tiró del animal, un corcel blanco de raza árabe, el mejor de todos los que viajaban en aquella compañía de veinte jinetes y  ciento cincuenta soldados.

Muhammad, iba pensando en la estrategia que le habían hecho seguir, paso lento y ruidoso, ser vistos por cristianos y marchar en fila de dos para aparentar ser más. Le fastidiaba tener que seguir aquellas ordenes, aunque siempre funcionaban, los cristianos se asustaban y se recluían en el castillo, entonces ellos, robaban lo poco de valor que hubieran dejado en la huida, después ira y fuego, dejando tras de sí un sello que les infundiera el miedo suficiente para que no osaran atravesar el Gaia.

En pocos minutos llegaron al campamento, dos soldados armados con lanzas, custodiaban la entrada del estrecho paso entre rocas  que habían escogido para acampar. Estaba cerca del río para asegurar el agua y bien protegidos entre las rocas de una loma, a modo de castillo natural. Era un buen lugar para defenderse en caso de ataque, excepto para la caballería que quedaba anulada, pero allí sobre todo habían infantes y para los infantes el sitio era el correcto.

Muhammad llegó a  su jaima y en la entrada encontró a su primer oficial, Abdel Hadi, un joven de noble familia como él y con el que tenía una relación especial desde que eran niños, ahora con veinticinco años, casi no necesitaban hablar para comunicarse. Abdel aparto la lona que hacia de puerta de la jaima y miró a Muhammad mientras asentía con una sonrisa cómplice.

Al entrar en la jaima, confirmó que sus ordenes se habían cumplido, una joven yacía en en el suelo cubierto de pieles, la muchacha se había tapado el cuerpo con una de ellas, tenia los hombros desnudos a la vista y la cabeza y la cara cubiertas por un pañuelo negro que solo dejaba a la vista dos grandes ojos negros y la transparencia de una boca de labios grandes y hermosos. Muhammad la observó en silencio unos segundos, luego  miró sus ojos negros y pudo notar la forma de una sonrisa dibujándose tras el pañuelo que la cubría. Él sabia el efecto que producía en las mujeres, todavía era joven, uno de los más altos de la taifa, tenia la cara fina y los ojos grandes, una barba cuidada y un cuerpo fuerte.

La muchacha notó el brillo en sus  ojos y con un movimiento lento de su mano, empezó a retirar la piel que la cubría, dejando a la vista  un cuerpo menudo, de piel tersa y morena. Él se acercó lentamente recostándose a su lado, ella se giró quedando sobre él parcialmente, hasta notar la presión de su pasión contra su pierna. Entonces él le retiró el pañuelo de la boca y la besó mientras con la mano que le quedaba libre, sujetaba con fuerza  su pecho.  Pasaron horas sudando y descansando, la muchacha era muy hermosa y dulce, y él llevaba días sin estar acompañado, además no había prisa, los cristianos debían estar aterrorizados refugiándose en sus castillos, había que dar tiempo a esos cobardes y no se le ocurría una manera mejor.

 

Salón del castillo de Òdena, invierno de 1020

 

La sala estaba llena, la llamada de Ramon Guillem I , había sido un éxito, a pesar de ser cristianos y de compartir un enemigo común, los señores no se llevaban bien entre ellos y la cosa había empeorado desde la muerte hacia ya tres años del conde Ramón Borrell I, al que había sucedido su hijo, Berenguer Ramón I, pero que al ser menor de edad, era su madre Ermesenda la que había tomado el control del condado.  A pesar de ser excepcional en lo moral, justa en los litigios  y eficiente en la gestión, su condición de mujer hacia que algunos señores la consideraran débil, aprovechando para reabrir disputas con sus vecinos sin temer por a la reacción de su señora. La situación de guerra entre las taifas musulmanas tampoco le había ayudado, los antiguos acuerdos de frontera se rompían constantemente y si bien las disputas entre musulmanes se veían como algo favorable a los intereses cristianos, el caso es, que no permitía tener claro con quien pactar y para la frontera significaba un estado de alerta constante. Ermesenda, no era ni mucho menos débil, como todas las mujeres de su época, tenia más fuerza interior que cualquier soldado.

Pero a pesar de las disputas allí estaban todos. El señor de Iorba, Espelt, Claramonte, Auripini* y audelino** . También había un caballero en representación del condado de Barcelona, enviado por Ermesenda y que era él que tenía el primer turno de palabra después del señor del castillo y el obispo, que seria el tercero y el último que hablaría para bendecir el parlamento.

-¡Silenció! ¡silenció! se inicia  el parlamento- empezó a gritar el caballero Jaume Bou mientras golpeaba con la empuñadura de su puñal la robusta mesa de madera de la sala.

Los señores empezaron a dejar de hablar y poco a poco se fueron sentando alrededor de la mesa, que en un extremo presidía el señor del castillo y en el otro, el caballero enviado por Ermesenda, un franco que desde hacía años estaba al servicio del conde de Barcelona y a su lado, pues la mesa era bien amplia, el obispo.

-Señores, gracias por estar todos aquí en este día- dijo Ramon Guillem I de Òdena.

-Hace tres días, el caballero Jaume Bou de Tovos, me informaba que una expedición musulmana se dirige hacia nuestra frontera- Los señores no se sorprendieron, todos sabían lo que ocurría y por eso estaban allí.

-Son unos doscientos y cuentan con un pequeño cuerpo de caballería- continuó.

-Y sabemos bien a lo que vienen, vienen a saquear y quemar nuestros pueblos ¿ y qué vamos a hacer nosotros?- Ramon Guillem I hizo un pausa mientras miraba a los asistentes.

Entonces el caballero enviado por Ermesenda, habló sin esperar a que el señor le diera permiso, quería dejar claro que él venia a ejercer el poder del condado.

-¡Bien! ¿Y qué proponéis? ¿quizás luchar y perder hombres que necesitaremos para plantar los campos? ¿o es que acaso no tenéis en cuenta que el condado precisa de  la aportación de grano para su tropa?

El tono despectivo con el que hablo el franco, perturbo a varios señores de la sala, incluso algunos de los  soldados apostados en los extremos, asieron con fuerza sus lanzas esperando una señal de su señor para clavar al franco contra la mesa y así cerrar su boca.

Ramon Guillem I, miró  hacia el techo un instante, para luego bajar la cabeza y mirar directamente al franco a los ojos.

-Voy a disculparos, pues sé de vuestra condición de franco, emm.. perdonad, me es imposible pronunciar vuestro nombre. Como os decía os disculpo, sé que dicha condición os hace falto de los modales propios de los nobles de estas tierras.

La sala al completo, con excepción del caballero, rompió en una sonora carcajada. El caballero hizo entonces un gesto brusco en busca de su espada, pero no pudo extraerla al toparse con el obispo que tenia a su lado, este le miró y negó con la cabeza.

-Señores, caballeros- intervino el obispo

-Somos hijos de Dios y debemos permanecer unidos, estas disputas no son bien vistas por nuestro Señor.

Las risas desaparecieron y el obispo continuó.

-Lo que dice nuestro amado Ramon Guillem I, se entiende, pero no debemos olvidar los brazos para la cosecha y tener en cuenta que es la voluntad de Dios, que pasemos por estos trances.

El señor del castillo bebió un sorbo de la copa de vino que tenia a su alcance y se quedo mirando hacia su interior.

-Creo que vos confundís la voluntad de Dios con la de vuestros estómagos, pero como bien decís, no debemos dejarnos llevar.

La sala quedó en silencio esperando que el señor del castillo continuara. Este dejó de mirar el fondo de su copa y volvió a fijar su mirada en el enviado.

-Decidme ¿Nuestra señora Ermesenda nos prohíbe repeler a esos infieles?

El caballero miró incomodo al señor y luego al obispo, para finalmente, inclinar la cabeza y responder al primero.

-No. Vuestra señora confía en el criterio de vos y los demás señores y os deja la decisión, eso sí, pidiéndome antes que nos interceda para evitar en lo posible que haya lucha.

La risas volvieron a la gran mesa y entre ellas se escuchó el vozarrón del señor del Espelt.

-Sin duda sois harto persuasivo- dijo entre risas que fueron acompañadas por todos los presentes.

Finalizada la primera ronda, los señores empezaron a hablar para seguir subiendo el volumen de su voz y finalmente gritarse entre ellos, como si el volumen diera más fuerza al argumento.

Mientras al otro lado de la sala permanecían varios hombres, entre ellos los Des Far y los Valldeix, sus padres ni se miraban, pero Gerald y su hermano Nuño, si que lo hacían con los hermanos  Jaime y Munio Des Far, se miraban con ansia y  nervios por lo que podían decidir aquellos nobles en la sala. Ellos no podían entrar, pero los gritos de los que estaban dentro, les permitía saber lo que  estaba pasando.

Los señores no se ponían de acuerdo, de pronto parecían haber decidido luchar  y al minuto volvían a gritarse, para finalizar con algo parecido a una resignación.

Al cabo de dos horas salió el obispo acompañado del franco, lo último que se había oido, era una oración ¿qué habrían decidido? pensaban todos los presentes en el patio del castillo, incluso los guardias de la torre, parecían más concentrados en la salida de los nobles, que en mirar las señales de los otros castillos. Los dos vigías se miraron entre ellos.

-Tú que crees ¿Hambre o muerte?

El otro soldado no respondió, miró hacia el patio, allí Ramon Guillem I alzó la espada, dijo algo a los presentes y todos gritaron con jubilo.

-Muerte, han decidido muerte.

Continuará

Auripini* y audelino** Actuales Orpí y Castellolí