Tierra de frontera

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Indice

Capítulo 1. Ya vienen

Capítulo 2. Hambre o muerte 

Capítulo 3. La gloria es para los valientes

Capítulo 4. Asediados

Capítulo 5. La invitada

 

 

Ya vienen

Ermita de San Miguel, Òdena provincia de Barcelona. Verano del 2015

-Un poco más, un poco más, sigue, sigue, hunde más la pala. ¡Para! ¡Para!

-¿Qué pasa?  ¿hay un conducto? Desde la excavadora no veo nada.

-No, diría que son huesos, huesos humanos.

Òdena ,condado de Barcelona, invierno del 1020.

Agnés  salía de misa detrás de sus padres, iba acompañada de sus fornidos hermanos. Atrás quedaban las miradas  de Gerald, las que tanto le hacían temblar cuando iba a la ermita.

Mientras Gerald hacia lo propio con su familia, pero  en dirección opuesta a su amada Agnés, no porqué sus casas estuvieran lejos la una de la otra, si no porque sus familias no se podían ver desde hacia dos generaciones. Un asunto de lindes tan lejano, que ya nadie recordaba con precisión lo ocurrido.

Pero las tradiciones pesaban más que el sentido común y para desgracia de los dos jóvenes, el amor poco importaba. Podía ser una buena cosa para las dos casas, los matrimonios ampliarían la herencia y el poder de las familias, pero el rencor lo impedía, de hecho a nadie se le ocurría ni insinuarlo y por eso los dos amantes solo lo eran en misa, y solo Dios era testigo de sus miradas. Aunque últimamente eran algo más osadas y la hermana de Gerald, Candia, ya empezaba a sospechar algo. No era normal que Gerald saliera de misa siempre con una sonrisa.

Pero Candia no pensaba comentar  a nadie su secreto, allá ellos si querían sufrir en silenció,  ella ya tenia bastante con esconder su  afición por las armas y por montar como un hombre, aficiones en las que Gerald le ayudaba a entrenarse cuando su padre no estaba en el pueblo.

Si su padre  lo supiera, les castigaría a los dos, una dama no podía blandir una espada, ni montar a caballo como un  hombre. Para Francisco Valldeix, su hija solo tenia un destino, ser la mujer de Ramón Guillem I de Òdena, señor del castillo y de las tierras hasta Montoboi por el sur, Claramonte por el este, Iorba y Espelt por el oeste*. Todos aliados al servicio del Conde de Barcelona y unidos por el cristianismo, frente al  poder musulmán que empezaba en el rio Gaia.

Para aquellos odenenes, los días pasaban entre el duro trabajo de la tierra y el sonido metálico del golpear de las espadas  de los soldados que se entrenaban en el castillo. Todo transcurría en una calma tensa y siempre pendientes de la torre. En ella dos guardias vigilaban las señales de los castillos de Montboi, Claramonte, Iorba y en los días claros hasta podían ver el de los Tovos*.

-Eh tú, coge tu escudo, el cabo contador está mirando hacia aquí.

-Que pesado ¿no tiene nada mejor qué hacer que tocarnos las narices?- Contestó un joven soldado al veterano que  le advertía.

– ¿Sabes porqué nos hacen llevar el escudo desde el verano pasado?

– Para que nos duelan los brazos y no podamos usar los arcos si vienen los infieles- contesto el recién ascendido escudero.

-¡No bastardo! Lo hacen porque en la última incursión mataron al vigía desde ochenta varas de distancia con una flecha en el pecho.

– Pero eso no lo sabes. solo son rumores del condado de Ribagorza – Respondió el soldado gruñón.

-Además aún falta para cuaresma, y nunca han atacado antes de que llegue el buen tiempo- Continuó gruñendo.

– Mira bastardo, si el cabo contador me hace limpiar cuadras por tu culpa, te tiro por una de las letrinas voladas.

Mientras en la torre se discutía, Guillem I de Òdena recibía las ultimas nuevas con un amigo de Tovos, un joven caballero llamado  Jaume Bou, un invitado habitual del que Guillem I gustaba como compañía.

La malas lenguas decían que quizás pecaban, pero su relación no tenia nada que ver con lo carnal, sino que se remontaba a unos años atrás, cuando ambos lucharon por echar a los musulmanes más allá  del rio Gaia.

-Mi señor.

-Bienvenido Jaume – contestó Guillem I con una sonrisa cómplice.

-Vino para un amigo- pidió el señor del castillo.

Una sirvienta dejó dos copas una jarra y un plato de pasas en la mesa del salón.

-¿Qué nuevas me traes? -dijo Guillem I mientras le servían una copa de vino.

– Unos mercaderes, de los que comercian con la taifa de Larida**, nos han dicho que se están moviendo soldados hacia estas tierras y he creído que vos y los otros señores debían saberlo para prepararse.

Guillem I de Òdena se levanto de la silla y miro el mapa del territorio que había sobre la mesa del salón.

-¿Dónde están ahora ?-dijo mientras señalaba el mapa a Jaume.

– Aquí mi señor, son unos doscientos a pie y algunos jinetes, sino fuerzan la marcha llegaran en unas  seis jornadas.

– ¿Mujeres? ¿niños?

– No, solo soldados.

-Es una incursión, vienen a robar- dijo Guillem I mientras miraba el mapa.

-Eso pensamos nosotros, pero no vamos ha hacer nada ¿y vos?

-Perder hombres es peor que perder posesiones, pronto llegará la primavera y tendremos que plantar las tierras, además nuestros campesinos luchan mal. Nos protegeremos en el castillo- le respondió Guillem I mientras ponía la mano en el hombro de su amigo.

-Lo entiendo mi señor, pero si no hacemos nada, esos infieles se van a pensar que pueden tomar lo que quieran, cuando quieran.

Al oír esas palabras, Guillem I bajo su mano del hombro de su amigo y miro a su alrededor.

-¡Salid todos!

Las damas, caballeros y sirvientes presentes en salón, salieron mirando al suelo.

– ¿Os he ofendido? Si es así, os pido disculpas mi señor.

– No buen amigo, pero no me fio de todos lo oídos, últimamente han habido asaltos de los infieles demasiado precisos, como para no tener información previa.

– Entiendo mi señor ¿Entonces vamos a hacer algo?

– Esto soló acabará cuando los francos se den cuentan de cuan peligroso es dejarnos toda la defensa de la cristiandad en esta marca, pero me temo que para eso habrá de pasar tiempo todavía. De momento estamos nosotros y Dios.

Los dos hombre se quedaron en el salón hablando sobre qué hacer y que no, además de imaginar qué pensaban hacer los otros señores.

Mientras Gerald Valldeix, ajeno a lo que se acercaba, entrenaba en el bosque sur con un caballero tapado por una capa con capucha. Era un caballero menudo, pero rápido con la espada. Aunque todavía no era un contrincante serio para Gerald.

-Vigila tu flanco izquierdo, recuerda que no tienes escudo- Dijo Gerald a su menudo oponente.

Este al escuchar esas palabras alzo la espada al estilo franco y la bajo de golpe en busca del cuerpo de Gerald.

Gerald entonces retrocedió medio paso y en un movimiento rápido se hizo a un lado. El peso de la espada arrastro al caballero hasta sobrepasar a Gerald, que con su espada plana golpeo la espalda de su oponente.

-¡Ah! Sabes que odio que me hagas eso- dijo una voz aguda bajo la capucha.

-Hermanita, temple, ese es tu punto débil, la rabia te nubla la vista en la lucha.

Candia Valldeix se bajo la capucha y miro a su hermano con rabia.

-No puedo moverme, esta cosa modern ¡pesa mucho!  ¿Cómo has dicho qué se llama?

-Cota y sabes que no lucharé contigo sino vas protegida- le respondió su hermano con tono jocoso.

-¿Sabes qué creo? Que me pones esta cosa para que no te gane.

Gerald no pudo contener la risa.

-Me has pillado hermanita.

Un ruido de cascos empezó a resonar en el bosque, Gerald de manera instintiva subió su  espada hasta tenerla frente a él.

Un caballo entró entonces al galope en la explanada hasta llegar a la altura de Gerald, allí el jinete tiro de las riendas, frenado al animal en seco.

-Gerald Valldeix, tu señor te requiere en el castillo- Dijo el jinete como saludo.

-¿Qué ocurre?

-Dicen que ya vienen

*Montboi, Claramonte, Iorba,Tovos Actualmente Montbui La Pobla de Claramunt, Jorba y Tous

** Larida Actual Lérida

 

Hambre o muerte 

Rio Gaia, invierno del 1020

Muhammad estaba de pie junto al río Gaia, acababa de recitar el primer rezo del alba, a unos pasos de él tenia un soldado vigilante. Aquel río era la frontera entre el mundo musulmán y el cristiano. No era prudente relajarse.

Muhammad era miembro de una gran familia, los  Banû, su tío tenia influencias en el reino de Córdoba  y por eso a él se le había asignado aquella incursión.

El objetivo siempre era el mismo, recordar a los cristianos el poder de Ala y ayudar a llenar los almacenes de la taifa. ¿Pero qué gloria había en esa misión? llevaban años así y Muhammad sabía que ninguno de ellos pasaría a la historia por esas incursiones.

-Mi caballo- Dijo Muhammad al soldado que lo custodiaba.

El soldado tiró del animal, un corcel blanco de raza árabe, el mejor de todos los que viajaban en aquella compañía de veinte jinetes y  ciento cincuenta soldados.

Muhammad, iba pensando en la estrategia que le habían hecho seguir, paso lento y ruidoso, ser vistos por cristianos y marchar en fila de dos para aparentar ser más. Le fastidiaba tener que seguir aquellas ordenes, aunque siempre funcionaban, los cristianos se asustaban y se recluían en el castillo, entonces ellos, robaban lo poco de valor que hubieran dejado en la huida, después ira y fuego, dejando tras de sí un sello que les infundiera el miedo suficiente para que no osaran atravesar el Gaia.

En pocos minutos llegaron al campamento, dos soldados armados con lanzas, custodiaban la entrada del estrecho paso entre rocas  que habían escogido para acampar. Estaba cerca del río para asegurar el agua y bien protegidos entre las rocas de una loma, a modo de castillo natural. Era un buen lugar para defenderse en caso de ataque, excepto para la caballería que quedaba anulada, pero allí sobre todo habían infantes y para los infantes el sitio era el correcto.

Muhammad llegó a  su jaima y en la entrada encontró a su primer oficial, Abdel Hadi, un joven de noble familia como él y con el que tenía una relación especial desde que eran niños, ahora con veinticinco años, casi no necesitaban hablar para comunicarse. Abdel aparto la lona que hacia de puerta de la jaima y miró a Muhammad mientras asentía con una sonrisa cómplice.

Al entrar en la jaima, confirmó que sus ordenes se habían cumplido, una joven yacía en en el suelo cubierto de pieles, la muchacha se había tapado el cuerpo con una de ellas, tenia los hombros desnudos a la vista y la cabeza y la cara cubiertas por un pañuelo negro que solo dejaba a la vista dos grandes ojos negros y la transparencia de una boca de labios grandes y hermosos. Muhammad la observó en silencio unos segundos, luego  miró sus ojos negros y pudo notar la forma de una sonrisa dibujándose tras el pañuelo que la cubría. Él sabia el efecto que producía en las mujeres, todavía era joven, uno de los más altos de la taifa, tenia la cara fina y los ojos grandes, una barba cuidada y un cuerpo fuerte.

La muchacha notó el brillo en sus  ojos y con un movimiento lento de su mano, empezó a retirar la piel que la cubría, dejando a la vista  un cuerpo menudo, de piel tersa y morena. Él se acercó lentamente recostándose a su lado, ella se giró quedando sobre él parcialmente, hasta notar la presión de su pasión contra su pierna. Entonces él le retiró el pañuelo de la boca y la besó mientras con la mano que le quedaba libre, sujetaba con fuerza  su pecho.  Pasaron horas sudando y descansando, la muchacha era muy hermosa y dulce, y él llevaba días sin estar acompañado, además no había prisa, los cristianos debían estar aterrorizados refugiándose en sus castillos, había que dar tiempo a esos cobardes y no se le ocurría una manera mejor.

Salón del castillo de Òdena, invierno de 1020

La sala estaba llena, la llamada de Ramon Guillem I , había sido un éxito, a pesar de ser cristianos y de compartir un enemigo común, los señores no se llevaban bien entre ellos y la cosa había empeorado desde la muerte hacia ya tres años del conde Ramón Borrell I, al que había sucedido su hijo, Berenguer Ramón I, pero que al ser menor de edad, era su madre Ermessenda la que había tomado el control del condado.  A pesar de ser excepcional en lo moral, justa en los litigios  y eficiente en la gestión, su condición de mujer hacia que algunos señores la consideraran débil, aprovechando para reabrir disputas con sus vecinos sin temer por a la reacción de su señora. La situación de guerra entre las taifas musulmanas tampoco le había ayudado, los antiguos acuerdos de frontera se rompían constantemente y si bien las disputas entre musulmanes se veían como algo favorable a los intereses cristianos, el caso es, que no permitía tener claro con quien pactar y para la frontera significaba un estado de alerta constante. Ermessenda, no era ni mucho menos débil, como todas las mujeres de su época, tenia más fuerza interior que cualquier soldado.

Pero a pesar de las disputas allí estaban todos. El señor de Iorba, Espelt, Claramonte, Auripini* y audelino** . También había un caballero en representación del condado de Barchinona***, enviado por Ermessenda y que era él que tenía el primer turno de palabra después del señor del castillo y el obispo, que seria el tercero y el último que hablaría para bendecir el parlamento.

-¡Silenció! ¡silenció! se inicia  el parlamento- empezó a gritar el caballero Jaume Bou mientras golpeaba con la empuñadura de su puñal la robusta mesa de madera de la sala.

Los señores empezaron a dejar de hablar y poco a poco se fueron sentando alrededor de la mesa, que en un extremo presidía el señor del castillo y en el otro, el caballero enviado por Ermessenda, un franco que desde hacía años estaba al servicio del conde de Barcelona y a su lado, pues la mesa era bien amplia, el obispo.

-Señores, gracias por estar todos aquí en este día- dijo Ramon Guillem I de Òdena.

-Hace tres días, el caballero Jaume Bou de Tovos, me informaba que una expedición musulmana se dirige hacia nuestra frontera- Los señores no se sorprendieron, todos sabían lo que ocurría y por eso estaban allí.

-Son unos doscientos y cuentan con un pequeño cuerpo de caballería- continuó.

-Y sabemos bien a lo que vienen, vienen a saquear y quemar nuestros pueblos ¿ y qué vamos a hacer nosotros?- Ramon Guillem I hizo un pausa mientras miraba a los asistentes.

Entonces el caballero enviado por Ermessenda, habló sin esperar a que el señor le diera permiso, quería dejar claro que él venia a ejercer el poder del condado.

-¡Bien! ¿Y qué proponéis? ¿quizás luchar y perder hombres que necesitaremos para plantar los campos? ¿o es que acaso no tenéis en cuenta que el condado precisa de  la aportación de grano para su tropa?

El tono despectivo con el que hablo el franco, perturbo a varios señores de la sala, incluso algunos de los  soldados apostados en los extremos, asieron con fuerza sus lanzas esperando una señal de su señor para clavar al franco contra la mesa y así cerrar su boca.

Ramon Guillem I, miró  hacia el techo un instante, para luego bajar la cabeza y mirar directamente al franco a los ojos.

-Voy a disculparos, pues sé de vuestra condición de franco, emm.. perdonad, me es imposible pronunciar vuestro nombre. Como os decía os disculpo, sé que dicha condición os hace falto de los modales propios de los nobles de estas tierras.

La sala al completo, con excepción del caballero, rompió en una sonora carcajada. El caballero hizo entonces un gesto brusco en busca de su espada, pero no pudo extraerla al toparse con el obispo que tenia a su lado, este le miró y negó con la cabeza.

-Señores, caballeros- intervino el obispo

-Somos hijos de Dios y debemos permanecer unidos, estas disputas no son bien vistas por nuestro Señor.

Las risas desaparecieron y el obispo continuó.

-Lo que dice nuestro amado Ramon Guillem I, se entiende, pero no debemos olvidar los brazos para la cosecha y tener en cuenta que es la voluntad de Dios, que pasemos por estos trances.

El señor del castillo bebió un sorbo de la copa de vino que tenia a su alcance y se quedo mirando hacia su interior.

-Creo que vos confundís la voluntad de Dios con la de vuestros estómagos, pero como bien decís, no debemos dejarnos llevar.

La sala quedó en silencio esperando que el señor del castillo continuara. Este dejó de mirar el fondo de su copa y volvió a fijar su mirada en el enviado.

-Decidme ¿Nuestra señora Ermessenda nos prohíbe repeler a esos infieles?

El caballero miró incomodo al señor y luego al obispo, para finalmente, inclinar la cabeza y responder al primero.

-No. Vuestra señora confía en el criterio de vos y los demás señores y os deja la decisión, eso sí, pidiéndome antes que nos interceda para evitar en lo posible que haya lucha.

La risas volvieron a la gran mesa y entre ellas se escuchó el vozarrón del señor del Espelt.

-Sin duda sois harto persuasivo- dijo entre risas que fueron acompañadas por todos los presentes.

Finalizada la primera ronda, los señores empezaron a hablar para seguir subiendo el volumen de su voz y finalmente gritarse entre ellos, como si el volumen diera más fuerza al argumento.

Mientras al otro lado de la sala permanecían varios hombres, entre ellos los Des Far y los Valldeix, sus padres ni se miraban, pero Gerald y su hermano Nuño, si que lo hacían con los hermanos  Jaime y Munio Des Far, se miraban con ansia y  nervios por lo que podían decidir aquellos nobles en la sala. Ellos no podían entrar, pero los gritos de los que estaban dentro, les permitía saber lo que  estaba pasando.

Los señores no se ponían de acuerdo, de pronto parecían haber decidido luchar  y al minuto volvían a gritarse, para finalizar con algo parecido a una resignación.

Al cabo de dos horas salió el obispo acompañado del franco, lo último que se había oido, era una oración ¿qué habrían decidido? pensaban todos los presentes en el patio del castillo, incluso los guardias de la torre, parecían más concentrados en la salida de los nobles, que en mirar las señales de los otros castillos. Los dos vigías se miraron entre ellos.

-Tú que crees ¿Hambre o muerte?

El otro soldado no respondió, miró hacia el patio, allí Ramon Guillem I alzó la espada, dijo algo a los presentes y todos gritaron con jubilo.

-Muerte, han decidido muerte.

Auripini* y audelino** Actuales Orpí y Castellolí

Barchinona*** Actual Barcelona

⌈ La Gloria es para los valientes

Campamento musulmán junto al río Gaia invierno del 1020

Muhammad salió de su jaima con una sonrisa, la concubina que le había proporcionado su primer oficial y buen amigo Abdel Hadi, había superado con creces sus expectativas. Nur, que era como se llamaba la muchacha, llevaba ya una semana en el campamento.

Los soldados no entendían muy bien la espera, pero obedecían sin queja alguna, sabían que si se quejaban, su comandante no dudaría en dar ejemplo de lealtad atravesando al primero en haberlo hecho. Lo tenían como un buen jefe, justo con los castigos, valiente en la lucha y generoso con el reparto de los botines. Un jefe al que obedecer sin preguntarse demasiado los motivos.

Pero aquella situación no podía durar mucho más, incluso Abdel Hadi no la entendía   y con cierto tacto le había comentado a Muhammad que no podrían estar mucho más allí, tenían órdenes y además los víveres empezaban a agotarse, o cruzaban el río Gaia y robaban a los cristianos, o tendrían que requisar alimentos en las granjas cercanas de buenos musulmanes y eso no se vería con buenos ojos en la taifa.

Abdel Hadi, se encontraba en la improvisada puerta de troncos cruzados del desfiladero, intentando entender una vez más, porqué Muhammad los tenía allí y pensando en cómo persuadirlo antes de que llegara un mensajero de Larida, con una misiva pidiendo explicaciones. En eso estaba cuando se oyó un caballo acercándose al galope.

-¡Atentos!- gritó a los soldados apostados en la entrada..

Estos asieron con fuerza sus lanzas y apuntaron hacia el desfiladero a la espera de la llegada del caballo y su jinete.

En pocos segundos, un caballo de piel canela apareció por el desfiladero, el jinete lejos de amedrentarse ante los soldados apuro todo el terreno disponible, deteniendo el caballo con un giro, justo delante de los soldados que le cerraban el paso.

-¡Mensaje para Muhammad de los Banû!- gritó el jinete mientras su caballo se agitaba resoplando con fuerza.

-Soy su primer oficial, yo sé lo daré- dijo Abdel Hadi mientras extendía su mano.

El jinete tiró de las riendas de su montura, haciendo retroceder el caballo.

-Tengo órdenes de dárselo en mano.

Abdel Haidi, sintió como un reguero de rabia le recorría la espalda, debería hacer que desmontara y azotarlo por su atrevimiento, pero si como creía venía de la taifa, no era prudente azotar al mensajero.

-Acompáñame- dijo al fin el primer oficial.

En un minuto se situaron al fondo del desfiladero, donde Muhammad estaba acariciando su caballo, como si de su amante se tratara.

-Señor un mensajero- dijo el primer oficial.

Muhammad se giró de golpe con los ojos encendidos y miro a Abdel Haidi con una sonrisa cómplice, pero este por primera vez en mucho tiempo no entendía qué estaba pasando. Si el mensajero traía una misiva de la taifa,  no habría motivos para sonreír, de hecho, haber sonreído delante de aquel engreído mensajero no parecía prudente, pues sin duda este trasladaría la escena a su señor.

Muhammad ajeno a la cara de preocupación de su primer oficial, abrió el pergamino y leyó el mensaje. Una vez leído, lo cerró y se dirigió al mensajero.

-Dile a tu comandante que allí estaremos.

-Abdel, que le den de comer,  agua y un caballo de refresco, lo quiero de vuelta con el mensaje  lo antes posible.

-Si mi señor- respondió Abdel Haidi con voz firme disimulando su asombro.

Después de dar las instrucciones a dos soldados para que se encargarán del mensajero, Abdel Haidi se dirigió a la jaima de su amigo y señor, la última mirada si la había entendido.

Cuando iba a entrar en la jaima, la tela que hacía de puerta se abrió y apareció Nur, al verlo le dedico una sonrisa acompañada de una tierna mirada.

Aquella joven podía derretir a cualquiera en una fría noche de invierno, tan solo con una mirada. Cuando la encontró viajando con unos mercaderes y le ofreció varias monedas a cambio de dar placer a su señor, le pareció una muchacha hermosa de cuerpo y mirada, pero después de dos semanas, había llegado a la conclusión de que además era hábil, astuta y quizás también inteligente. No había  soldado que no le mostrara respeto y que no la ayudara cuando lo necesitaba, Nur sabía dar a cada hombre una ilusión, tan sutilmente, que nadie podía acusarla de nada.

Cuando entró en la jaima,  Muhammad seguía sonriendo, era extraño, Nur no parecía haber sudado y él tenía la ropa puesta.

-Pasa amigo mío.

-Mi señor.

-No me llames así, aquí estando solos, no hace falta.

-De acuerdo mi señor.

-Detectó cierto enfado en tu voz y creo que quizás tengas motivos, pero en cuanto te explique lo que estamos a punto de hacer, te unirás a mí en mi alegría, hermano.

Abdel Hadi, no dijo nada, era evidente que no lo entendía, no entendía porqué estaban allí sin hacer nada, no entendía quién podía enviar un emisario que trajera buenas noticias y le preocupaba haber perdió la confianza de su amigo.

-Bien, no dices nada, ese es el motivo por el que te elegí para esta incursión, por tu disciplina, tu lealtad y tu devoción hacia Ala.

Muhammad, se giró y empezó a buscar entre los arcones  que había en la jaima, abrió uno que contenía diferentes mapas y escogió uno que parecía ser de papiro nuevo, entonces lo desplegó con cuidado, como si se tratara de un objeto valioso y delicado.

-Mira amigo mío, aquí están las respuestas que buscas.

Abdel Haidi se acercó para ver el mapa, en el se veían movimientos de soldado dibujados, lo que parecía un asedio y un trazado que llegaba a hasta la misma ciudad de Barshiluna*

-Es una buena estrategia sin duda, quizás algún día pueda hacerse.

-¿Y si te dijera que ese día es hoy?

-Te diría que nos faltan como poco quinientos hombres más para la primera parte del plan y unos cinco mil para la segunda.

-Esa es la diferencia entre tú y yo, tú lees bien los problemas pero no ves las soluciones, los quinientos hombres que nos faltan están en camino, nos reuniremos con ellos en este punto.

Abdel Haidi miro el punto que su comandante señalaba con el dedo, allí había dibujada la  marca de una gran torre, símbolo de un castillo y  debajo estaba su nombre, Òdena.

-Por la mañana partiremos hacia ese castillo cristiano, lo tomaremos y desde allí empezaremos la reconquista. Dijo Muhammad sin dejar de mirar el mapa.

Abdel Haidi se puso una mano detrás  del cuello mientras con el dedo indice,  marcaba una y otra vez el punto de encuentro.

-¿De dónde vienen esos quinientos hombres? mi señor.

-De la taifa de Balansiya**, me los envía mi primo Régulos Eslavos- contesto Muhammad.

-Mi primo y yo estamos de acuerdo, las taifas se pelean entre ellas faltando a Ala, mientras los cristianos prosperan al otro lado del Gaia.

– Si conseguimos un castillo y luego otro hasta llegar Barshiluna*, los cristianos formaran un ejercito y las taifas se tendrán que unir de nuevo para vencer  a los cristianos y así, continuar la conquista para mayor  gloria de Ala – dijo Muhammad totalmente extasiado.

-Pero mi Señor, si las Taifas no se ponen de acuerdo a tiempo, podemos morir todos- le replicó Abdel Haidi con tono respetuoso.

-Tienes razón amigo mío, pero sabes también como yo, que la gloria es para los valientes.

Abdel Haidi, salió de la jaima con una orden clara, desmontar el campamento y avanzar hacia el castillo llamado Òdena. No le preocupaba demasiado como tomarlo, recordaba vagamente la zona y estaba convencido de que no tendría más de treinta soldados, el resto serian campesinos asustados, pero que pasaría después, serian héroes o por lo contrario traidores que desobedecían, de repente se paró en seco. “se acabo el pensar, no se puede pensar y actuar”.

-¡Soldados! desmontamos el campamento ¡avanzamos!

Un grito de jubilo recorrió el desfiladero, por fin iban a poder saquear y  obtener un pequeño botín para llevar a sus sus familias, lo que no sabían,  es que esta vez  no volverían todos.

Castillo de Òdena invierno de 1020

Hacia unas horas que había llegado un jinete de Auripini**, este traía un escueto mensaje que había pasado por varias torres y Castillos. Guillem I de Òdena desplegó un viejo  mapa encima de mesa de la sala, en el que se podían ver los castillos de la zona hasta el río Gaia  y  después una ralla, tras la que se podía leer muslimanus. Aquel viejo mapa no tenia todas las torres y ermitas construidas en los últimos años, pero era bastante fiel en el terreno y las distancias

Ramón Guillem I de  Òdena dejo el papiro con el mensaje en la mesa, solo tenia una frase escrita en vulgo “han levantado el campamento”, no hacia falta más.

-¿Por dónde vendrán estos malditos ? Dijo Ramón Guillem I.

La sala permanecía en silencio mientras que todos miraban el mapa, en ella se encontraba el jefe de su guardia, el recién nombrado Gerald Valdeix, también estaban el  señor de Montboi, Gombau de Besor, el de Claramonte señor Claramunt y  Bernat I, señor de Tovos, los de Auripi, Espelt y Iorba todavia no habían desplazados sus soldados al punto de encuentro y todo hacia pensar que no cumplirían lo acordado.

– Sí hacen lo mismo que en la pasada primavera, rodearan el castillo de Claramonte y atacaran primero las tierras de Montboi, después Tovos, luego Òdena y finalmente las de Claramonte mientras se retiran- Dijo Bernat de Tovos sin dejar de mirar el mapa.

-Puede ser, puede ser- respondió Ramón Guillem I d’Òdena.

En ese momento se oyó un ruido en la puerta de la sala y Guillem I de Òdena miro a Gerald que no necesito instrucción alguna.

Al llegar a la puerta se encontró con Munio Des Far, este se acerco al oido de Gerald y le dijo unas palabras que le hicieron sonreír, después le acercó un pergamino con el sello lacrado del Condado de Barchinona***  Se giró y se dirigió a la mesa sin dejar de sonreír.

Al llegar a la mesa Ramon Guillem I de Òdena lo miró con cara de intriga.

-¿Y bien? ¿me lo vais a contar o tengo que adivinar qué le produce esa estúpida sonrisa a mi primer oficial? – Dijo Guillem I en tono serio.

Gerald, se irguió todo lo que pudo.

-Perdón mi señor, Nuestra condesa de Barchinona***  por la gracia de Dios, Ermessenda de Carcassona, , ha dado ordenes a la ciudad de Menrisa, para que nos proporcionen víveres y una treintena de infantes.

Ramon Guillem I golpeo la mesa con la palma de la mano, -Por fin una buena noticia, esa mujer tenia que haber nacido barón.

-También nos envía  otro mensaje- Gerald extendió la mano con el papiro.

-Léelo para nos – le contesto Ramón Guillem I sin mover sus manos de la mesa.

Gerald rompío el sello, extendio el papiro y leyo con voz solemne

-A mis señores, que en nombre de nuestro Señor y por la gloria de este condado van a la guerra contra los infieles, recuerden que-  Gerald hizo una pausa.

-La  gloria es para los valientes.

Barshiluna* Nombre con el que los musulmanes se referían a Barcelona

Auripini** Actual Orpí

Barchinona*** Actual Barcelona

Asediados

Mapa Òdena BN

Invierno de 1020 en algún lugar en el camino de  Montboi 

– No llegan a ciento ochenta.

– ¿Y caballos?

– Diría que no más de ochenta.

– Suficiente- dijo Munio des Far al joven soldado que acababa de bajar de un gran roble de más de 30 pies de altura.

Invierno de 1020 campamento de Muhammad de los Ban

-¿Nos han visto?

-Sí mi señor, hemos divisado un pequeño grupo de hombres y un muchacho, que se dirigían hacia Claramonte- respondió el soldado a su señor.

-Bien, avisa a Abbdel Haidi.

El soldado salió corriendo por el centro del campamento en busca del primer oficial.

– ¡Escriba!- gritó Muhammad

Un muchacho joven apareció corriendo de la nada hasta ponerse delante de su señor.

– Correo para Amar Benana, comandante de los hombres del gran Régulos Eslavos: nos han detectado, no nos moveremos hasta el segundo día al anochecer. Debéis seguir hasta el punto de encuentro y asediar Òdena, llegaremos el tercer día al amanecer. Entonces, tomaremos juntos el castillo.

El escriba anotó el mensaje, lo secó y luego lo enrolló a la espera de instrucciones.

En ese espacio de tiempo, Abdel Haidi había llegado y estaba erguido ante su  comandante. Muhammad lo miró con cara de quien  ha decidido solo ir hacia delante.

-Amigo mío, quiero que te ocupes personalmente de llevar este mensaje y que cuando te encuentres ante Amar Benana, le mires a los ojos y leas en ellos la verdad. Si ves que en su mirada no hay coraje, vuelve aquí y házmelo saber.

-Sí mi señor- contestó Abdel Haidi con voz potente, pero sin que por ello a Muhammad se le escaparan sus dudas sobre aquellas órdenes.

-Abdel, después de este mensaje será como si hubiéramos cruzado el Rubicón.

Abdel frunció el ceño, no entendía qué era el Rubicón.

Muhammad continuó – Hace muchos años un gran general romano cruzó un río que limitaba su permiso en el cargo, al hacerlo, los suyos lo declararon traidor, pero otros vieron en él una nueva esperanza y lo siguieron. Cuando levantemos en dos días el campamento y tomemos Òdena, seremos juzgados por los nuestros como le pasó a aquel romano y nos considerarán traidores hasta que vean que este es el camino. Necesito estar seguro de que Amar Benana no nos fallará.

-Sí mi señor- contestó Abdel Haidi.

Con el mensaje en la mano cruzó el campamento en busca de dos caballos, los usaría por turnos y eso le daría más velocidad en la vuelta, no pensaba  quedarse ni un minuto más del necesario en el campamento de Amar Benana. Pero lo que no entendía era lo del romano, lo poco que sabía de ese César era que no acabó bien, pero él no era un erudito y si su amigo y señor decía que iban a cruzar el Rubicón, lo cruzaría una y mil veces. 

Invierno de 1020 castillo de Montboi

El castillo de Montboi, no era demasiado grande, de planta rectangular, sus muros de dos metros de ancho todavía olían a barro fresco y los muros exteriores del perímetro no habían crecido más allá de la parte más plana sobre la peña de la Tossa, sita a más dos mil pies de altura. En el castillo no cabía un soldado más, los árabes estaban cerca y nadie quería recibirlos en extramuros. En el patio del castillo algunos labriegos jóvenes practicaban con el arco, esta vez los más fuertes habían sido seleccionados para reforzar las murallas, todo estaba a punto para recibir a los enemigos.

El resto del ejército cristiano estaba junto al torrente de Garrigosa, una pequeña riera que se nutría de la lluvia y que permitía dar de beber a bestias y hombres. El torrente, estaba en la falda de la montaña, desde allí cercarían al enemigo y después acabarían con los que estuvieran asediando el castillo.

Allí estaban los de Claramonte, los de Tovos, Iorba, Espelt. Todos menos los de Menrissa y Òdena que todavía estaban en el Castillo de Òdena esperando las órdenes de Ramón Guillem I, éste llevaba toda la  mañana en la torre mirando mapas en viejos papiros.

Mientras Gerald Valldeix había asistido a misa de doce y como siempre no había dejado de observar a Agnés, eso sí, esquivando la atenta mirada de sus padres y de sus dos hermanos Munio y Jaime Des far. Hacia ya meses que se hablaban con la mirada en misa y se veían después en la Ermita, no podían ir más allá, sus familias eran conocidas por un odio entre ellos que se perdía en el tiempo, tanto, que ya nadie sabía con precisión cuál era el motivo real de la disputa. 

Aquel día Gerald necesitaba más, en cualquier momento su señor lo llamaría para ir a la guerra y quizás no regresaría para poder declarar su amor a Agnés. Al salir de misa tiró del brazo de su hermana Candia, acercándola hacia él. 

-¡Ahora Candia!- le dijo al oído con firmeza.

-¿Ahora?  ¿No ves que están sus padres y sus hermanos con ella?

Gerald levantó la vista y vio lo que le decía Candia, allí estaba toda la familia con Agnés en el centro, convirtiéndola en infranqueable.

-Luego iré a su ventana, sé como llamar su atención- le susurró Candia.

Al cabo de una hora, Gerald esperaba detrás de la Ermita, estaba temblado pese a no ser un día especialmente frío. Las últimas citas con Agnés habían sido increíbles, pero él todavía no se había atrevido a declararle su amor.

-¡Gerald!

Gerald se giró y vio aparecer a Agnés por detrás de la ermita. Se acercó a ella y la acompañó a la parte del muro en el que siempre se refugiaban para no ser vistos. Era una zona con maleza entre la ermita y unas pocas tumbas, donde estaban enterrados aquellos que no podrían entrar en el cielo, por no haber sido bautizados.

-Agnés yo quería, verás es que…

No pudo acabar la frase, Agnés le besó mientras le cogía por los brazos. Sin dejar de besarse, Gerald la cogió por la cintura y la apretó con fuerza contra él.

-¿Qué va a pasar ahora Gerald?

-Nada amor mío, tendrán que aceptarlo.

-Pero nuestras familias se odian- le respondió Agnes con la voz apagada y triste.

-¡Noo! solo nuestros padres y ni siquiera saben porqué, tus hermanos y yo marchamos juntos contra los infieles.

-Los infieles ¿no era suficiente con nuestros padres?

-No te preocupes, les doblamos en número y estarán confiados.

-Prométeme que volverás- le suplicó Agnés.

-Te lo prometo y cuando vuelva seré amigo de tus hermanos y nuestros padres tendrán que aceptar  nuestro amor.

Agnés le volvió a besar con fuerza para luego separarse unos centímetros, sin dejar de mirar a los ojos de Gerald, dejo caer su capa a un lado, entonces agacho levemente la mirada y empezó a desabrocharse el vestido. Gerald la rodeo con su brazo y la acompañó hasta recostarse ambos sobre la capa. A los pocos minutos Gerald se derramaba sobre Agnés que gemía casi susurrando, haciendo que a Gerald se le estremeciera el cuerpo.

Invierno de 1020 torre del castillo de  Òdena

-¡Guardia! ¡Guardia!

Un soldado que estaba apostado en la puerta de la torre entró a toda prisa en la sala.

-Mi señor.

-Que vengan todos, rápido, quiero a mis caballeros y al válido de los de Menrisa aquí ¡enseguida!

El soldado corrió llevando las ordenes del señor del castillo, mientras hacia señales a otro guardia para que ocupara su sitio en la entrada.

A los pocos minutos el válido de Menrisa que se llamaba Bermudo Aloys, Munio Des Far y un descuidado Gerald Valldeix estaban frente al señor del castillo. Ramón Guillem I miró hacia Gerald con cara de preocupación.

-¿Te hemos sacado de las letrinas? o es otra cosa la que te ha hecho quitar el sayo.

Gerald miró a su señor con los ojos abiertos, como quien se siente descubierto.

Entonces Ramón Guillem I se acercó a él, lo miró de nuevo y le golpeó el pecho mientras dejaba ir una sonora carcajada.

-¡Letrinas sin duda!

Los demás acompañaron al señor en sus risas.

-Bien, nos vamos ya, pero vamos a dejar algunos soldados en el castillo además de esos labriegos, esos malditos disparan tan mal los arcos, que no acertarían a una torre que estuviera a tres varas.

-Mi señor pero nos harán falta todos los brazos- le espetó un Munio Des Far desconcertado.

La sala quedó en silencio y Munio Des Far miró entonces al suelo.

-No, mi válido, aquí podéis hablar con libertad- dijo el señor.

-Yo he pensado que los míos podrían.. –

-¡Tú no!- interrumpió Ramón Guillem I al válido de Menrisa -Tú harás lo que se te ordene.

-Gerald, Munio, me duelen los huesos, me siento inquieto y eso solo me pasa cuando tengo ciertos presentimientos, sé que les superamos en número y que les sorprenderemos, pero algo me dice que esos infieles no caerán fácilmente en la trampa.

-Mi señor, si le parece puedo escoger a los más veteranos, son lentos en la lucha pero fiables en la defensa- le sugirió Gerald.

-Así debe hacerse, el resto conmigo hacia ese maldito torrente de Garrigosa- contestó el señor del castillo.

Al poco rato el destacamento de soldados se movía en dirección a Montboi, a su paso se cruzaban con campesinos que se apartaban del camino y agachaban la cabeza al ver a su señor. Estos iban cargados con todas sus pertenencias y se dirigían al interior del castillo, nadie les podía asegurar que un infiel no escapara de la contienda y en su huida les hiciera daño.

Gerald Valldeix se había parado sobre su caballo junto al camino, quería ver pasar el segundo grupo de soldados, después ya regresaría a  la vanguardia, pero antes debía asegurarse de que ningún carro se quedaba atascado en el barro del camino hasta llegar a la antigua calzada de Lárida, si se detenía un carro, dividiría la columna en dos. Estaba concentrado mirándolos pasar, cuando un soldado menudo le llamó la atención. Llevaba la cabeza tapada bajo una capucha y solamente se le acertaba  a distinguir algún mechón rubio que se le escapaba de esta, a Gerald se le aceleró el pulso, sacudió las riendas de su caballo y se interpuso frente al soldado. Este sin mirar al válido, giró esquivando el caballo y siguió su curso, entonces Gerald desmontó, y se dirigió por detrás hacia él.

-Soldado, ¡Soldado detente!

-El soldado se detuvo sin girarse.

-Quítate la capucha.

-El soldado puso sus manos sobre la capucha y empezó a descubrir su melena rubia.

-¡Alto!- grito entonces Gerald.

Avanzó hacia el soldado, le puso la mano en el hombro y lo giró de golpe.

-Por Dios Candia ¿qué haces aquí?

-No me vas a detener, sé luchar y pienso hacerlo.

– Candia, hermana, y qué pasará si fracasamos o si algún infiel escapa por Òdena- le respondió su hermano con tono amable.

-En el castillo hay soldados- le contestó con rabia.

-Una docena de veteranos gordos y cansados, además de unos veinte labriegos que no acertarían ni a una torre a cinco varas.

Candia Valldeix sonrió.

-Candia, soy tu capitán, y te ordeno que regreses al castillo y que te asegures de que será bien defendido.

Candia, miró a su hermano con rabia, pero le obedeció y empezó a caminar de vuelta hacia Òdena.

Invierno de 2020 campamento de Amar Benana 

Amar Benana había recibido el mensaje de Muhammad de los Banû sin pestañear y con gran determinación había asegurado al mensajero que allí estarían en Wutinah o como le llamaban aquellos cristianos Òdena, pero su plan no era dirigir toda la tropa hacia Wutinah, una treintena de soldados a pie y otros tantos a caballo, se dirigirían hacia Montboi y de esa forma se aseguraría de que los cristianos pensaran que la incursión sería como siempre. Confiados los de Òdena darían la alarma tras el aviso de Montboi pero pensarían que tendrían tiempo para organizarse y esa sería su gran ventaja, atacar con las puertas del castillo abiertas mientras los labriegos cargados todavía entraban por estas.

Muhammad de los Banû, era un buen soldado, pero nunca había entablado un combate de verdad, además él aportaba más hombres y tenía todo el derecho a decidir la estrategia.

Invierno de 2020 campamento cristiano junto al torrente de Garrigosa

Un jinete, llegó cuando el  sol todavía luchaba por salir en el horizonte, desmontó del caballo inclinó la cabeza y miró a los señores que junto a una improvisada mesa de campaña esperaban sus noticias.

-¿Y bien?- dijo el señor que se encontraba en el centro.

El jinete tomó aliento- ya están aquí pero.

-¿Pero qué?  ¡maldito bastardo, habla de una vez!- le gritó  Gombau de Besor señor de Montboi.

-Que parecen menos de los que esperábamos, yo dirían que no llegan a ciento veinte entre soldados a pie y jinetes.

Ramon Guillem I de Òdena miró al soldado  intentando penetrar en su mente.

-¿Puede ser que se hayan dividido en dos columnas?

-No lo sé mi señor, el paso es angosto hay cierta niebla y no se veía a más de 100 varas.

-Bien soldado, bebe y descansa en menos de una hora estaremos en batalla.

El silencio se apoderó de la mesa, todos miraban el mapa, finalmente Ramon Guillem I levantó la cabeza.

-Válidos, dad la alarma, a vuestros puestos y recordad que ni un solo infiel debe escapar al cerco.

Los señores y los demás válidos saludaron con respeto y se dirigieron a los puntos que habían acordado.

Al mismo tiempo en las proximidades de Òdena junto al rio Anoia

Muhammad de los Banû observaba como se le acercaba Amar Benana, esta vez los rumores eran ciertos, aquel hombre era alto como un castillo y robusto como un roble, cuando estuvieron a unos pasos Amar Benana se detuvo.

– As Salam Alycom- dijo Amar Benana.

– Y contigo hermano- contestó Muhammad de los Banû

– ¿No llegáis demasiado pronto?- pregunto con una sonrisa Amar Benana.

– No podía dejaros toda la gloria para vosotros, forzamos la marcha, una vez nos hagamos con el castillo  ya descansaremos a su abrigo.

Amar Benana le explicó el plan de ataque, el castillo de Òdena se encontraba sobre un montículo escarpado por tres caras y en una cuarta  se encontraba la entrada, esa era la parte más accesible. El inconveniente era que en esa cara habían construido una torre de refuerzo bien pertrechada y con capacidad para unos veinte arqueros.

Al cabo de unos minutos la columna de hombres y caballos marchaban sobre Òdena.

Castillo de Òdena

Candia Valldeix estaba dando una paliza a un campesino con una espada de madera, ante el asombro de muchos y sin que nadie se lo impidiera se había hecho con el control del castillo. Al principio a algunos les hizo gracia, pero cuando empezó a repartir palizas a los campesinos voluntarios que se presentaban para la defensa, todo el mundo empezó a hacerle caso. Los soldados veteranos tampoco se interpusieron, sabían muy bien, que si lo hacían podrían sufrir la ira de su hermano, así que se divertían desde la torre con el espectáculo.

-¡Arriba! otra vez- gritaba Candia a un muchacho tirado en el suelo.

Mientras dos soldados observaban desde la torre.

-Seis movimientos- dijo el más veterano.

-Cinco y lo tira al suelo- le contestó el otro soldado.

Pero cuando el muchacho se levantó algo llamó la atención de Candia.

-Soldado ¡no he dicho que las puertas tenían que estar a medio abrir y prestas para su cierre!- gritó a un veterano apostado en la puerta principal.

Los soldados de la torre miraron hacia la entrada para saber quién seria el pobre que iba a recibir una solemne bronca. En ello estaban divertidos cuando el más veterano alzo la vista, algo parecía moverse entre los árboles del bosque más allá de las casas del pueblo, pero su cansada vista no discernía qué era aquello que se movía. Entonces dio un golpe a su compañero en el costado y le señaló con la cabeza.

-¡Nos atacan! ¡Nos atacan!

Candia miró hacia la torre, entonces se giró hacia el campesino que todavía se estaba sacudiendo el polvo.

-¡Rápido coge dos caballos!- le gritó sin esperar respuesta.

Luego miró hacia Agnés que se encontraba en el patio.

-Papiro y pluma- le suplicó.

-¡Vosotros cerrad las puertas, los demás a la torre y la muralla- gritó mirando a los dos soldados que sin haber recibido la orden ya habían empezado a impulsar las mismas.

El joven con los caballos y Agnés llegaron al mismo tiempo.

Candia miró al joven – ¿sabes montar?-

-Si mi señora.

-Cogerás el papiro e irás por la ruta del torrente hacia Montboi.

-Si mi señora- contesto de nuevo el improvisado mensajero sin que se le apreciará miedo.

Agnés estiró los brazos y le dio la pluma y el papiro.

-Tú irás con él- le dijo con tono de no esperar respuesta.

Candia untó la punta de la pluma y escribió una sola palabra, no había tiempo para más:

Asediados Cvx

La invitada

Castillo de Wutinah (Òdena para los cristianos)

 

Abdel Haidi dirigía el primer ataque. Con un grupo de cincuenta hombres a caballo tenía como misión tomar las puertas por sorpresa, el plan era sencillo, acercarse al galope para sorprender a los soldados e intentar evitar el cierre de las puertas. Tras ellos vendrían los soldados a pie dispuestos a entrar y limpiar aquel castillo de cristianos.

 

– ¡Vamos malditos, las puertas se cierran! – gritaba Abdel Haidi a sus hombres.

 

Pero la tarea no estaba siendo fácil, varios labriegos huyeron despavoridos dejando los carros de los que tiraban a mano en el camino y los caballos no tenían sitio para pasar por la angosta cuesta que llevaba a la puerta. Los jinetes se veían obligados a desmontar y empujarlos para poder pasar, deteniendo así a toda la columna.

 

-Las puertas se cierran- dijo Amar Benana mirando al castillo desde el montículo elegido para ver la acción.

 

-Nadie dijo que fuera fácil- le contesto Muhammad de los Banû con voz seria .

 

A Abdel Haidi le quedaban solo unos metros para la entrada y algún jinete ya se había podido acercar casi hasta la puerta, pero desde la torre empezaban a caer piedras, flechas y lanzas, obligando a los jinetes a detenerse y protegerse con los escudos.

 

En ese momento ocurrió algo que no esperaban, la puerta se detuvo y por ella salieron dos jinetes que se adentraron en el sendero del bosque.

 

Abdel Haidi sabía que los castillos se comunicaban mediante hogueras, indicando con el humo que eran atacados ¿porqué arriesgar dos jinetes entonces? No había tiempo para pensar.

 

-¡Huséin, coge a cinco hombres y ve tras ellos! – Gritó con fuerza Abdel Haidi al soldado que tenía a su derecha.

 

Este sin nada que preguntar emitió un grito, señaló a cinco jinetes y se encaró hacia el sendero mientras estos le seguían.

 

Abdel Haidi, ya estaba en la puerta, una docena de soldados habían conseguido llegar, varios de ellos habían desmontado y empujaban las puertas mientras sus compañeros los protegían con los escudos de la lluvia de flechas, otros lo hacían de las lanzas que salían en busca de carne por la brecha que quedaba todavía en la puerta. En el suelo, cuatro soldados permanecían inmóviles con flechas o lanzas clavadas, Abdel escupió a un lado y miró hacia la puerta.

 

– ¡Vamos adelante, no se puede cerrar, ya llegan refuerzos!

 

Muchos jinetes intentaban llegar, pero los caballos que habían caído, los que huían y los carros abandonados, retrasaban en extremo el avance.

 

Sendero del sur, Òdena

 

Agnés miró hacía atrás y vio a varios jinetes que los seguían, el joven labriego al que Candia había ordenado acompañarla, se mantenía con dificultad al galope y no era consciente de lo que estaba pasando. Agnés golpeó con furia su montura y en segundos se puso a la altura del joven.

 

-¡Nos siguen, si no corres más nos alcanzaran!- gritó Agnés para que pudiera oirle.

 

El muchacho, se giró y vio lo que le decía, miró Agnés y señaló un punto en el camino que se estrechaba. Agnés no entendió lo que pasaba hasta que llegaron allí y el joven se detuvo.

 

-¿Qué haces? galopa si no quieres morir.

 

– No lo conseguiremos mi señora, los detendré todo lo que pueda aquí junto al precipicio.

 

El lugar donde estaban era un sendero que rodeaba el castillo y descendía hacía el camino de Barchiona, Lo hacia pegado a la roca de la montaña a un lado y un precipicio al otro, por allí no pasaban dos jinetes.

 

-¡Estas loco! son soldados y tú solo un…

 

– Cierto mi señora pero con una espada.

 

Agnés miró hacia el sendero, los soldados se acercaban con cautela para no caerse, pero en menos de un minuto los tendrían encima.

 

– ¡Mi señora huya por favor!

 

Agnés agitó las riendas y empezó a descender al trote, por un camino que conocía bien.

 

El joven labriego, sacó la espada que le había dado Candia en el castillo , pesaba demasiado y al girarla en el aire se movía con torpeza.

 

El primer árabe del grupo lo miró con desprecio, alzó su espada curva y se dirigió hacia él.

 

El labriego no aguanto ni el primer golpe, su espada voló precipicio abajo, el soldado lo miró sonriente con un desprecio absoluto.

 

Tras unos segundos levantó de nuevo su espada y la dirigió directamente hacia él. Sin que este lo esperara el joven cristiano lo embistió con su caballo, haciendo que retrocediera hacia el precipicio. El soldado soltó la espada para hacerse con las riendas, pero su montura estaba ya resbalando por el borde del sendero y en un movimiento lento y delicado, hombre y bestia retrocedieron hasta caer por el precipicio.

 

El resto del grupo, que hasta entonces se habían divertido con la escena,  permanecían unos metros más atrás en hilera.  Al ver a su compañero despeñarse por el precipicio y vencido por un labriego cristiano, cambiaron de rostro pero ninguno avanzaba.

 

El joven labriego seguía inmóvil, como una muralla, miró al suelo y vio la espada del árabe, pensó en cogerla, pero desecho la idea de inmediato, tampoco sabría como usarla, pero si que sabía como hacer que su caballo embistiera los caballos árabes más ligeros y esbeltos, pero poco robustos.

 

En eso estaba, mirado al primer árabe que permanecía inmóvil, cuando un silbido cruzo el aire y notó como su pecho se partía en dos.

 

Agarrado a la lanza cayó del caballo y en el suelo mientras luchaba por respirar vio pasar a varios jinetes, hasta que el último se detuvo y se dirigió a él.

 

-Esto es mío – dijo Huséin mientras agarraba la lanza que el joven tenía clavada en el pecho.

 

Pero cuando iba a tirar de ella vio que el resto de sus compañeros lo miraban con desaprobación. Aquel muchacho era un valiente, soltó la lanza y de un salto bajo del caballo.

 

-Eres afortunado cristiano, creen que te has ganado el honor de morir dignamente.

 

Huséin sacó su espada del cinturón y con un movimiento rápido y firme la clavó directamente en el corazón del joven.

 

Mientras en la puerta del castillo de Òdena la situación estaba estancada. Los árabes no conseguían suficientes brazos para empujar las puertas y defenderse de todo lo que caía de las murallas, cada vez con más intensidad.

 

-¡Empujad! Empujad por vuestras vidas- gritaba Abdel Haidi a sus hombres mientras que con su escudo se protegía de las flechas que le lanzaban.

 

De repente algo cambio, un ala de la puerta cedió, la suerte parecía cambiar a su favor, pensó Abdel Haidi, hasta que por el nuevo espació salió un soldado menudo con una espada más pequeña que las que utilizaban normalmente los cristianos.

 

Candia miró a su izquierda, los soldados de ese lado se protegían de las flechas y cubrían a sus compañeros de la derecha. Estos últimos estaban mal ubicados, pegados a la puerta en su empuje y no podían sacar la espada presionada entre ellos y los tablones de la propia puerta.

 

Candia se acercó al primer soldado y le hundió la espada en el costado, al caer este su compañero se separó de la puerta para defenderse, pero tardo demasiado en realizar la maniobra y Candia ya tenia de nuevo su espada clavada en el cuello del soldado.

 

El resto al ver la escena se apartaron de la puerta y esta empezó a cerrarse muy deprisa. Candia con un rápido movimiento lanzó sus espada por el hueco de la puerta y tras ella con una voltereta perfectamente calculada, paso aprovechando su menudo cuerpo.

 

Abdel Haidi no daba crédito a lo que acababa de pasar, un medio soldado, que debía estar loco les había ganado la posición sin sufrir herida alguna.

 

Retaguardia árabe, en un montículo con vistas al castillo de Òdena

 

-Se han cerrado- dijo Amar Benana mientras escupía al suelo.

 

-Era algo que sabíamos que podía pasar – respondió Muhammad de los Banû mientras con una mano, daba indicaciones a un banderín que empezó a mover el estandarte que llevaba haciendo círculos

 

-¿Enviamos las escalas?- preguntó Amar Benana mientras miraba como Abdel Haidi retrocedía entre lanzas y flechas.

 

– Aún no, primero quiero hablar con Abdel, algo no encaja en todo esto.

 

Interior del castillo de Òdena

 

Un joven campesino se inclinó todo lo que pudo y gritó a la que ya todos miraban como su líder – ¡Los árabes se retiran mi señora!

 

Candia, acabó de asegurar el tablón que estaba empujado como refuerzo de la puerta y subió corriendo a la torre.

 

– ¿Cuántos son?

 

-Muchos mi señora, venían cientos detrás de los jinetes, pero al cerrarse las puertas retrocedieron hacía el bosque.

 

– ¿Llevaban escalas ?

 

-No mi señora, solo espadas y escudos- contesto otro soldado veterano.

 

-Por eso han retrocedido, pensaban entrar por la puerta y al no conseguirlo retroceden para recoger escalas- dijo Candia ante los cada vez más sorprendidos soldados veteranos.

 

-¡Escuchad! quiero que cojáis cualquier cosa que simule un escudo, una lanza o un arco. También id a la cocina, coger todas las ollas más menudas y subir a las murallas todos.- gritó Candia con fuerza.

 

Los campesino no entendían nada, solo un par de soldados veteranos asentían con una sonrisa en la boca.

 

Al poco rato las murallas del castillo presentaban desde dentro un aspecto grotesco con campesinos que tenían ollas en la cabeza, palos de bateo de paja en la mano y tapas de barril como escudos, pero desde cierta distancia en el exterior, aquellas siluetas parecían soldados dispuestos y armados.

 

-Mi señora, esto no los detendrá por mucho tiempo- dijo un soldado con voz suave para no molestar.

 

-Eso es precisamente lo que necesitamos, tiempo.

 

-¿La señal ha sido respondida?

 

-Si mi señora, el castillo de Claramonte ha encendido su hoguera- respondió el soldado. -Discúlpeme mi señora, antes no quise ofenderla.

 

-No lo hiciste, tienes razón, no los detendrá, pero nos dará algo de tiempo para que lleguen refuerzos.

 

Retaguardia árabe, en un montículo con vistas al castillo de Òdena

 

Muhammad de los Banû parecía muy enfadado, todo el mundo miraba al castillo intentando entender qué es lo que pasaba.

 

-Que vengan los exploradores- dijo mirando a su primer oficial que ya había llegado de las puertas.

 

-Si mi señor.

 

En unos minutos dos jóvenes se encontraban delante de su señor esperando instrucciones.

 

-Necesito saber que ocurre en el castillo de Montboi, si estan sus soldados aquí, Montboi debería estar desprotegido.

 

-¿Pretendes dejar Wutinah para ir a Montboi? – espetó con dureza Amar Benana.

 

Muhammad lo miró con intensidad, pero no dijo nada.

 

-Id a Montboi, necesito saber si nuestros soldados señuelo están sitiando el castillo.

 

-Si mi señor- contestaron al mismo tiempo los exploradores.

 

Invierno de 1020 campamento cristiano junto al torrente de Garrigosa

 

Gerald caminaba entre los soldados, los miraba a los ojos y estos asentían en señal de reconocimiento. Cuando se toparon con los árabes Gerald fue el primero en cargar, matando a dos de ellos antes de que ni tan si quiera pudieran alzar sus lanzas. Después todo fue confuso, una vez se repusieron de la sorpresa, los árabes cargaron con furia, pero en poco tiempo gritaron algo incomprensible y se retiraron hacia el bosque. La caballería desapareció en segundos, dejando tras de sí unas docenas de soldados a pie que fueron barridos por la caballería cristiana en cuestión de segundos.

 

Gerald llegó a la mesa donde se encontraban válidos y señores discutiendo sobre cómo perseguir y eliminar al resto de árabes huidos. Algo les preocupaba y les mantenía en silencio.

 

– Vayamos ya tras ellos, no dejemos uno que respire- Bramo Gombau de Besor .

 

El resto golpeó la mesa en señal de aprobación.

 

– Amigo, eres de valor incuestionable, has estado aquí teniendo el abrigo de tu castillo, nadie hubiera dado queja si estuvieras en el comandando la defensa, pero elegiste estar aquí, junto a nos y eso te honra- dijo Ramón Guillem I a un Bramo Gomabau que se inflaba como un pavo al escuchar sus palabras.

 

-Pero,- prosiguió Ramón Guillem I – Pero algo no encaja, eran menos de los que vimos y no han plantado lucha alguna, o nos quieren alejar del castillo para darnos caza en una emboscada o nos quieren alejar por otro propósito que ahora no llego a entender.

 

Todos los presentes callaban y escuchaban con atención. Sentían que tenían delante a un estratego que sabía bien lo que hacia.

 

En eso estaban cuando un soldado se acercó nervioso rompiendo el silencio.

 

-¡Mis señores!

 

Los señores se giraron con caras serias hacia aquel impertinente, el soldado trago saliva y con toda la fuerza que pudo emitió el mensaje.

 

-El castillo de Òdena ha encendido la señal de socorro.

 

– Una escaramuza sin duda – dijo Bermudo Aloys, válido de Menrisa.

 

El soldado miró con nervios al señor de Òdena mientras parecía inclinar su cuerpo hacia delante.

 

-Hay más mi señor, hemos interceptado un caballo sin jinete, llevaba una bolsa y en ella un pañuelo y un mensaje- el soldado avanzó con el brazo extendido entregando mensaje y pañuelo a Ramón Guillem I.

 

Ramón Guillem I leyó el mensaje y al acabar miró fijamente a Gerald.

 

-Una estrategia para alejarnos del castillo de Montboi, no debemos caer en la trampa- medio gritó el válido de Menrisa.

 

-Volved a hablar sin que se os pregunte y os juro que os devolveré a vuestra señora sin lengua.

 

Bermudo Aloys, bajo la mirada y retrocedió un paso.

 

Ramón Guillem I extendió la mano hacia Gerald mostrándole el mensaje, mientras los otros señores fruncían el ceño. No entendían cómo se le entregaba primero a un válido el mensaje, por muy bueno o valiente que este fuera.

 

– Es de Agnés todavía huele a su perfume de jazmín y el mensaje es auténtico, mi hermana firma CV de Candia Valldeix . Si dice que esta asediada no puede ser una escaramuza, debemos partir prestos hacia Òdena.

 

-Ahora hacemos caso a mujeres en asuntos de guerras – dijo Gombau de Besor  con tono de estar desconcertado.

 

-Con el debido respeto mi señor, mi hermana Candia no es una dama al uso, la tuve que detener de camino aquí infiltrada como un soldado más.

 

Ramon Guillem I levantó la mano para evitar que Gombau de Besor contestará a Gerald. Aquello no llevaba a ninguna parte.

 

-Señores, validos, algo esta pasando y no me gusta, un destacamento de caballería irá a Òdena, otro de infantería con una decuria de caballería delante y otra detrás rodeará por Claramonte, para asegurar la retaguardia. El resto permanecerá aquí en espera de los mensajeros.

 

Nadie puso objeción alguna y se dispusieron a cumplir las ordenes. A Òdena acudiría Gerald, con los hermanos Des Far, Munio y Jaime, más treinta jinetes. Hacia Claramonte, cincuenta jinetes cubrirían a cincuenta soldados más Estos asegurarían que la retaguardia estaba limpia, bajo las ordenes de Bernat I señor de Tovos, y en Montboi quedarían con el resto de los hombres, Gombau de Besor y Ramon Guillem I.

 

– Gerald venid aquí- ordeno Ramón Guillem a su valido.

 

-Mi señor.

 

– Escuchadme con atención: sí encontráis resistencia, enviad un mensajero y mantened la posición, pero no avancéis. Si llegáis al castillo y es un asedio, volved a encender la señal, los que van a Claramonte defenderán el castillo, aquí dejaremos suficientes soldados para defender la plaza y el resto iría en vuestra ayuda, pero debéis ser preciso. Si nos equivocamos podría caer un castillo y si esto es una invasión, eso seria, eso seria el fin de la marca.

 

-Si mi señor, así se hará ¿puedo rogar a mi señor por mi hermano Nuño?

 

– Nos cuidaremos de él, ahora marchad con Dios.

 

En pocos minutos las tres columnas de soldados se movían, una al este hacia Claramonte, otra al norte en dirección a Òdena y la última hacia el refugio de los muros del castillo de Montboi, donde se cobijarían y atenderían a los pocos heridos del encuentro.

 

Sendero entre Òdena y Montboi

 

Agnés seguía escondida entre los matorrales, sabia que la alcanzarían antes de llegar a Montboi, por eso desmontó del caballo y lo utilizó como señuelo. Aquel caballo era de postas, el que usaban para los mensajeros que iban de castillo en castillo. Por instinto el caballo iría solo hasta Montboi dejando un rastro que los árabes seguirían. El joven labriego lo había escogido a propósito, que pena que un joven tan inteligente y valiente ahora estuviera muerto por su culpa, debió obligarle a seguir ¿pero cómo? parecía tan decidido. Ahora eso ya no importaba, si no pensaba con claridad, la siguiente seria ella y los árabes no serian tan indulgentes con ella como con el joven. Todo el mundo conocía las historias sobre lo que aquellos salvajes hacían a las mujeres.

 

De repente se oyeron cascos de caballos, uno, dos tres, eran varios pero desde donde estaba no podía verlos. Se incorporó y avanzó unos metros, pero tampoco podía ver nada, intentó escuchar atentamente, pero nadie hablaba. Decidió entonces retroceder hacia el interior del escondite.

 

-Marḥaba- dijo Huséin a la dama que cuando se giró.

 

Agnés intentó gritar y separarse del árabe que había aparecido de la nada, cuando notó una mano fuerte en su boca que no le dejaba emitir sonido alguno, al tiempo que un brazo robusto la rodeaba y la levantaba del suelo como si fuera una pluma.

 

-No gritar – dijo Huséin mirando a Agnés con la cara inclinada y una sonrisa, mientras su compañero la sujetaba.

 

Agnés intentó zafarse de la mano y gritar con fuerza, pero el soldado apretó más y más, tapándole también la nariz, hasta que esta perdió el conocimiento.

 

-¡Huséin vienen cristianos! – le dijo otro soldado del grupo.

 

-¿Cuantos?

 

– Demasiados, con la niebla no los veo bien, pero si marchamos ahora no nos alcanzaran.

 

– Esta cristiana esta de suerte ¡vamos rápido a Wutinah!

 

Horas después el grupo con la dama llegaron a Wutinah, pero no encontraron un castillo conquistado, sino que lo vieron repleto de soldados, mientras que los suyos habían retrocedido hasta el otro extremo del pueblo, en busca de una posición elevada y rocosa. El lugar les permitía controlar el castillo y al mismo tiempo poder defenderse de cualquier ataque.

 

– Eran dos, ¿dónde está el otro?- dijo Abdel Haidi a Hoséin como saludo.

 

– Muerto por mi propia mano, mi señor.

 

-Bien, dejad a esta mujer en una tienda con vigilancia, el señor decidirá que hacer con ella.

 

Hoséin se quedó quieto mirando a Abdel Haidi, hasta que este levanto ligeramente los brazos con las palmas de las manos abiertas.

 

-Hay más, vimos un destacamento de caballería que se dirigía hacia la calzada de Barshiluna .

 

-¿Qué dirección tomaron?

 

-No lo sabemos, nosotros regresamos por el sendero.

 

-Bien, haced lo que os he dicho y descansad.

 

Horas después Agnés se despertó en una tienda rectangular, delante de las telas robustas que protegían el interior de la lluvia y el frio, tenia unas más finas y decoradas. El suelo estaba cubierto de pieles suaves y abundantes. En un extremo de la tienda, había un baúl con los más finos adornos que había visto nuca. En el centro una mesa baja tan bonita como el baúl, con una superficie perfectamente pulida en la que se reflejaba un recipiente curvo junto a dos vasos que parecían de plata.

 

– Marḥaba – dijo Muhammad al entrar en la tienda.

 

Agnés dio un salto hacia atrás y retrocedió hasta topar con el baúl.

 

Muhammad la miró con curiosidad, era de aspecto frágil, con el pelo largo adornado con pequeñas flores. Tenia los ojos del color del cielo en un día de lluvia y unos labios bonitos que se definían hasta llegar a unas pupilas ligeramente rojizas.

 

-“Eres una mujer muy hermosa” -pensó Mujammad.

 

-No tengáis miedo- dijo Muhammad, en un casi perfecto romance.

 

Agnés lo miró asombrada, no solo no parecía el salvaje del que siempre le habían hablado, cuando se trataba de un árabe, sino que además hablaba el idioma cristiano.

 

-¿Mi lengua no es precisa? ¿no me entendéis?

 

-Si os entiendo señor.

 

– Bien, eso esta bien- dijo Mujammad mientras servia vino en los dos vasos de plata y le ofrecía uno a Agnés.

 

Agnés cogió el vaso, notó que tenia relieves en su contorno, realmente todo era muy bonito.

 

Mujammad bebió de su vaso e invitó con un gesto a que Agnés hiciera lo mismo.

 

Lo que bebió le pareció muy bueno, era vino pero también sabia a miel y olía a otras especias.

 

-¿Soy vuestra prisionera?

 

Mujammad avanzó hacia Agnés hasta quedar a tan solo un pie de su rostro. Los ojos negros de Mujammad se clavaron en en el cielo profundo de las pupilas de Agnés.

 

-No sois mi prisionera, sois mi invitada, podéis pasear libremente por el campamento.

 

-Una invitada puede irse cuando quiera- le respondió Agnés.

 

– En vuestro mundo no lo sé, en el mío el respeto obliga a que accedáis a mi invitación y os quedéis hasta que yo os libere de la misma.

 

Agnés quiso decir algo más, pero Mujamad ya se había girado y salía por la puerta de la tienda como había entrado, con la fuerza de quien decide y él había decidido que era su invitada.

 

Alrededores del castillo de Òdena

 

Munio Des Far, retrocedía con dificultad para no hacer ruido, la noche entrada le protegía de la vista, pero sabia que un sonido extraño podía alertar a las patrullas de árabes que tenia a pocos metros.

 

Una vez entrado en el bosque se dirigió junto con los dos exploradores que le acompañaban al encuentro de sus compañeros, que se habían detenido en la calzada.

 

-¿Qué habéis visto?

 

-Algo muy extraño Gerald, por las hogueras y las tiendas hay varios cientos de árabes, muchos más de los que nos pensábamos.

 

-Y el castillo ¿cómo está?.

 

-Eso es todavía más extraño, hay antorchas en las almenadas y se dibujan formas de soldados, pero son demasiados, en el castillo quedaron menos de una docena y aunque escogimos algunos labriegos de refuerzo, entre todos no llegarían ni a veinte. Sin embargo solo en la torre ya se dibujan unos veinte.

 

Gerald se hecho hacia atrás, lo que decía Munió Des Far no tenia sentido, sobre todo lo del castillo, pero era el mejor ojeador y explorador de toda la marca, no podía haber errado en tanto.

 

Todos permanecían en silencio esperando las ordenes de Gerald. Munio y Jaime Des Far se miraban entre ellos de reojo.

 

-Candia, ha sido Candia- dejo ir de repente Gerald.

 

-¿Candia? no entiendo- dijo Jaime Des far.

 

-Acercaos que los demás no nos oigan.

 

Munio y Jaime se acercaron hasta estar a un pie de Gerald.

 

-Hace mucho tiempo padre nos dijo “lo más importante cuando estás en inferioridad, es que tu enemigo no lo sepa”

 

-No son soldados, nos debemos entrar cuanto antes al castillo.

 

-¿No deberíamos enviar un mensajero a Montboi? -preguntó Jaime Des Far

 

-Tienes razón, elegid al más rápido, tu Munio organiza a los demás, lo haremos sin caballos, por el antiguo acceso.

 

Munio y Jaime obedecieron a Gerald en unos minutos todo estaba listo y los tres se reunían de nuevo para iniciar la marcha hacia el castillo.

 

-He escogido a los dos más jóvenes para que se retiren con los caballos, no los podemos dejar aquí- dijo Munio Des Far.

 

-Eso nos deja en veinte siete hombres – comentó Jaime Des Far con voz seria.

 

-Has obrado bien, no podemos dejar que se queden con los caballos- contestó Gerald, después miró a Jaime y continuó hablando – No os preocupéis, solo debemos aguantar unas horas.

 

-Candia los tiene desconcertados, por eso no atacan, lo harán mañana cuando descubran la treta, pero para entonces nosotros ya estaremos dentro y nuestro señor estará de camino para deshacer el sitio.

 

Jaime y Munio Des Far afirmaron con fuerza, pero cuando Gerald se giró para iniciar la marcha, Munio lo sujeto por el brazo y este se giró mirándolo con el ceño fruncido.

 

-Ahí una cosa más.

 

-Decid, rápido, hoy tenemos media luna, pero las nubes la tapan, debemos aprovechar esta oscuridad.

 

-El acceso es secreto, solo vos como primer válido y el señor saben su ubicación, ahora seriamos veinte siete almas en las que se confiaría.

 

– Lo he pensado, antes de llegar utilizaremos las cuerdas de guía , taparemos los ojos a los hombres, vos y vuestro hermano deberéis guardar el secreto.

 

-¿Y qué dirá el señor? replicó Jaime Des Far.

 

-El señor no está aquí, asumo las consecuencias, yo pondría mi vida en vuestras manos y mi hermana necesita ayuda o el castillo podría caer.

 

Los hombre obedecieron y rodeados de enemigos se taparon los ojos y se agarraron a la cuerda que los guiaría hacia un asedio, en un castillo, donde la muerte era la invitada.

 

Barshiluna    Barcelona musulman *

 

Pronto el capitulo numero seis: Ella o todos